Daniel's profileSueños de mandarinaPhotosBlogLists Tools Help

Blog


    October 09

    Nuevo Hogar S. XXI


    Aprenderos el nombre igual que un niño aprende que de un bote en el que pone "SALFUMAN" no se bebe.

    NUEVO HOGAR S. XXI, en C/ Miguel Servet 96

    Para más info, buscar aquí





    April 08

    Premio DARDOS


     

    El premio denominado DARDOS, consiste en el reconocimiento de los valores de cada blogger por transmitir cada día valores culturales, éticos, literarios, personales , etc. Es decir se valora la creatividad de los autores.La aceptación de dicho premio lleva implícitas algunas reglas: aceptar la notificación del reglamento y el logo del premio, hacer un enlace hacia el sitio que me entregó dicho premio, premiar a 10 sitios que, según mi criterio, merezcan dicho premio. ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    Así que, lo primero y antes de nada, sería decir que desconocía por completo la existencia de este premio. Lo segundo, dar las gracias a Ekadanta por otorgármelo, no ya por el premio, que está muy bien, sino por el hecho de hacerme constatar que hay alguien en el mundo que lee esto y recibe la difusa información que, un poco a tontas y a locas, emito desde aquí. Lo tercero me hará quedar como un auténtico capullo, pero es la realidad: no puedo otorgar el premio a otros diez bloggers por el simple hecho de que no leo apenas ningún blog ya, así que ponerme ahora a ojear blogs sólo para encontrar diez a los que otorgar el premio resultaría algo falso por mi parte y carente de toda la gracia que pueda tener el otorgar este premio que, por otra parte debo decirlo, me parece una idea cojonuda. Lo que sí puedo hacer es poner el enlace del blog de Ekadanta, que es quien me ha lanzado su dardo. Aunque lo podéis encontrar en mi lista de blogs favoritos desde hace ya mucho tiempo, lo pondré aquí tal como dictan las normas del premio:

    http://ekadantaom.spaces.live.com/

    Dicho esto, no sé qué más comentar. Eso, que me ha sorprendido gratamente la propuesta, y que siento no poder seguir el juego y lanzar mis dardos, al menos no en este momento. Por lo demás, muchas gracias a Ekadanta y al resto de la gente que pueda leer este pequeño espacio. Pero, contrariamente a lo que suele decirse en estos casos, no puedo decir, aunque quedaría muy bien, que hago esto por vosotros. Lo hago por lo que se hacen cosas como esta y similares siempre: por aburrimiento. Partiendo de esa base, siempre es genial saber que hay gente que lo lee y a la que incluso le aporta algo.

    Un saludo, y que todo vaya bien! :)

    ----------------------------

    Firma imaginaria:

    eL_sOmBrerErO_lºkº

    March 24

    Monólogos del Banco de La Plaza (I)


    Si usted quiere le contaré algo que me ha sucedido esta mañana. Bueno, tampoco espere demasiado, es sólo una anécdota que a mí personalmente me ha resultado curiosa, pero ya que yo no tengo nada mejor que hacer, y usted, por lo que puedo ver, tampoco, pues podemos invertir unos minutos en ello. Además, lo está deseando, lo veo en su mirada.


    Pues verá, resulta que me he acercado al supermercado a comprar leche y piedras, esto es algo que hago unas dos veces por semana. Lo de la leche es por mi madre, bebe mucha. Realmente, mucha. Bebe tanta que apenas prueba el agua como tal, prácticamente el 95% del agua diaria que ingiere viene de la leche. Si por mi fuera, bastaría con un paquete de seis litros cada dos semanas más o menos, pero con la adicción de esta mujer hay que hacerlo así. ¿Qué me dice? Ah, sí, vivo con mi madre. Veinticuatro años, ¿por?... Ah, pero eran otros tiempos. Las cosas cambian, ¿sabe? Usted salió de su casa cuando ya se había casado con su marido. No le dio tiempo a sentirse sola. Bueno, digo en un sentido literal, pero por su expresión veo que no quiere hablar del tema; como le decía, he ido al supermercado a comprar leche y piedras. Lo de la leche, como ya le he dicho, es por mi madre, que bebe sin conocimiento. Lo de las piedras es por los gatos. Ya sabe, piedras para que hagan sus cosas. Arena, si lo prefiere. Tenemos tres. Tres gatos, digo. No puede imaginar la cantidad de mierda que puede salir de tres animalitos tan relativamente pequeños. Digo relativamente porque dos de ellos son bastante grandes para ser gatos. Creo que es por la vida sedentaria. A mí me gustan mucho los gatos, pero no termino de estar muy de acuerdo con la idea de tenerlos encerrados en un piso durante toda su vida, que por otra parte, es bastante larga. ¿Sabe cuánto puede llegar a vivir un gato? No, no lo sabe. La media suele rondar de diez a quince años, lo que a usted no le parecerá demasiado. La historia es que esa media incluye los gatos que viven en las calles, que suelen morir por causas ajenas como atropellamientos o caídas. Un gato bien cuidado, protegido de peligros ajenos, puede llegar a vivir veinte, veinticinco, o incluso treinta años. ¿Qué le parece? ¡Treinta años! Toda mi vida, todo lo que yo recuerdo como parte de mi existencia, todo lo que conozco y sé, lo he aprendido en veinticuatro años. Un gato que nació el mismo día que yo puede estar todavía vivo y tener aún la esperanza de vivir seis años más. ¿No le parece fantástico? A mí me lo parece. Claro que usted es mucho más mayor que yo. No se ofenda, no lo he dicho con mala intención, simplemente es una realidad. Decía, que quizá a usted no le parezca tan impresionante como a mí, que todavía no he llegado a los treinta años, pero comprenda que para mí es algo formidable. En cualquier caso, esto venía a cuento de eso, que no estoy de acuerdo con enjaular a un animal de instinto tan salvaje dentro de un espacio tan reducido como es un piso moderno. Bueno, moderno relativamente, la casa en la que vivo ya tendrá sus treinta añitos; fíjese, más o menos la esperanza de vida de un gato con buena salud. Pero esto de los principios es como todo, son válidos hasta que los rompes, así que mi convicción de que los animales deberían ser libres deja de ser tan romántica cuando se traslada de las palabras a la realidad, donde resulta que a falta de tener un gato encerrado en un piso, tengo tres, y un perro. Del perro, bueno, de la perra, le hablaré en otro momento, porque ahora no tiene nada que ver con lo que pretendía contarle en un principio. Lo que he comprado ha sido leche para mi madre, y piedras, o arena si lo prefiere, para los gatos. Y la verdad es que todo ha ido como cabría esperar. ¿Conoce usted las nuevas cajeras automáticas de los supermercados? Sí, son unas máquinas que sirven para que usted misma pase sus artículos por el lector de código de barras, ya sabe, la pequeña franja con una rayita roja que parece de la guerra de las galaxias, para que me entienda. De esta manera se prescinde de cajeras humanas, y, si se tiene el truco controlado, se agiliza el proceso y todo va más rápido, con el añadido de que no hace falta tratar con nadie ni abrir la boca para dar los buenos días, simplemente pasa uno sus artículos, selecciona el método de pago, inserta el dinero físico o la tarjeta del banco, coge su compra y se larga. ¿Suena a película de ciencia ficción, eh? Bueno, para mi generación y las posteriores no es tan extraño. Al fin y al cabo quien más quien menos ya nacimos todos con un ordenador de uno u otro tipo bajo el brazo. Y ahora escuche, porque aquí es donde pretendía llegar después de dar todo este rodeo. Como le decía, me he dirigido a una de estas cajeras automáticas. Suelo hacerlo porque en las de toda la vida siempre hay cola. Con esto tengo un pequeño dilema moral. A mí me va mucho mejor pagando a través de estos aparatos porque el proceso es realmente rápido: llego, paso los artículos por la lucecita roja para que me entienda, pago y me voy; y como además a la gente de más edad les resulta complicado este sistema y en los supermercados por las mañanas lo que más hay es gente mayor, pues me va el doble de bien porque siempre hay alguna máquina vacía y no hay que esperar. El dilema viene porque digo yo que si todos comenzamos a usar estas máquinas, poco a poco dejaremos de necesitar personas para que nos cobren y toda esa gente se quedará sin trabajo. Yo, para qué mentirle, no tengo ganas de echar de su trabajo a nadie, pero menos ganas tengo de aguantar una fila de inmensos carros de la compra para pagar un paquete de piedras y seis cajitas de leche. El caso es que he llegado, me he plantado delante de la máquina, he escaneado los artículos... ¿dice? Ah, escanear, me refiero a pasar la compra por la lucecica roja, ya sabe, decía: he pasado la compra por la luz roja, y he metido el billete para pagar. En ese momento hay que esperar unos segundos. Es porque la máquina tiene que analizar el billete, calcular el cambio y devolverlo. Esto en realidad quizá no dure ni siquiera segundos, es muy rápido, pero el caso es que en ese pequeño intervalo de tiempo me ha dado tiempo a mirar a mi izquierda, donde había una señora intentando realizar el mismo proceso en la máquina de al lado. Ya sabe cómo son estas cosas y posiblemente es algo que le pasaría a usted, las personas mayores tienen serios problemas con los aparatos electrónicos, lo cual es bastante lógico pues como decía antes, la gente de mi generación hemos crecido a la vez que este tipo de aparatos, toqueteándolos y familiarizándonos con ellos prácticamente desde que se dieron a conocer. Entiendo que a ustedes, a las personas mayores, les resulte un mundo extraño y confuso. El caso es que ahí estaba yo, dirigiendo mi mirada hacia aquella mujer extrañada que intentaba comunicarse con su máquina, cuando la mía ha empezado a soltar las monedas del cambio indicando que el proceso ya estaba terminado y que podía recoger mi dinero, mi compra, y largarme. Como le decía, esto quizá no haya durado ni dos segundos, pero me ha dado tiempo a sentir algo que de ninguna manera esperaba. ¿Sabe lo que he sentido durante ese segundo y medio aproximadamente? No, claro que no, si no se lo he contado. Se lo diré, superioridad. Superioridad, señora. Cuando me he puesto al lado de esa mujer ella estaba intentando pagar. Yo he escaneado (ya sabe, la luz roja) los artículos, he seleccionado el método de pago, he metido el billete y he esperado el cambio, y para cuando ya recogía la compra para irme esa pobre señora estaba todavía intentando comprender qué demonios le decía la máquina. ¿No es fantástico? Me refiero a los conflictos generacionales, no a ese momento en el que me he sentido superior. Pensándolo mejor no lo llamaría superioridad, ha sido como una convicción de que los jóvenes sabemos ahora cosas que las generaciones anteriores no están capacitadas para comprender. Como un vislumbre de algo mucho más complejo; un símbolo en clave de anécdota cotidiana de todo aquello que nos divide y nos enfrenta como seres humanos. No me mire así, tengo la sensación de que se me ha quedado usted atrás. Creo que está pensando que soy un pobre diablo desde el momento en que he dicho la palabra “superioridad”; me gustaría que tratase de entenderme y no confundir mis palabras. ¿No le parece que es este, al fin y al cabo, el gran problema en el lento avance de nuestra historia? Los conflictos generacionales, los problemas de que coexistan generaciones de personas que viven en mundos completamente diferentes. Es como un impedimento insalvable, algo que nos va a acompañar siempre. Unos crean y otros usan lo que se ha creado, pero lo usan en base a otros valores nuevos que no eran los previstos por los primeros: conflicto. Sin embargo, sale adelante a medias, entonces los unos mueren, y los otros crean, y nacen otros “unos” que usan lo que han creado los otros para otras cosas diferentes: conflicto. Y así, eternamente. Dicho así, parece bonito, casi romántico. Parece la propia vida fluyendo, algo innato y completamente natural, ¡y demonios, posiblemente lo sea! Sí, tiene un algo que lo hace grandioso, me refiero a esto de entorpecernos el paso mutuamente y no dejarnos avanzar. Es un proceso casi épico cuando se narra en las clases de Historia. Y señora, no digo yo lo contrario: me parece una historia bellísima y cargada de significado, y quizá sea hasta necesario, de alguna manera, que sea así. Pero quitándole la capa poética, pensando en todas las atrocidades que cometemos cada día sin darnos cuenta contra nosotros mismos, escribiendo esta historia con letras tan sangrientas que traspasan el papel y dejan inservibles las tres siguientes páginas del libro; con todo esto sobre la mesa, ¿no le parece, en verdad, una tremenda putada?

    November 22

    Juanita Dientesverdes

     
     

    Me gusta pensar que, cuando fuimos pequeños, todos tuvimos un lugar que considerábamos sagrado y maldito. Un lugar en el que se te permitía estar, respirando el aire tenebroso que cura los corazones, pero en el que había que respetar ciertas normas no escritas si uno no quería verse atrapado en una espiral de terror sin fin. Estos lugares tenían la virtud de relajar el alma, de bloquear el pensamiento. En ellos estaba presente la magia de las viejas historias, una magia que abarcaba todo, sin distinción: lo puro y lo terrible, lo divino y lo maldito, el bien y el mal. Uno sabía instintivamente cómo tenía que comportarse allí. Te estaba permitido pisar las hojas secas, apartar los arbustos que entorpecían el paso y usar los troncos caídos para cruzar los riachuelos, pero era muy importante sentir en todo momento un profundo respeto por todo aquello que te rodeaba. Estos lugares sanaban el corazón porque en ellos no se permitía el uso de la mente. Tu espíritu de niño, todavía limpio, intuía muy bien los peligros de la magia; y sabía tener presente en todo momento el respeto que merecían esos lugares. No se te permitía pensar acerca de ellos, sólo te estaba permitido disfrutar la maldición; sin hacer ofensa ni juicio.


    Mi tía a veces me sorprendía trayendo algún libro en nuestros viajes a Monteagudo. Normalmente eran libros para jóvenes, de esos de "Elige tu propia aventura" o similares, de los que ya he hablado alguna vez. Sin embargo, una vez trajo un libro que marcó mis vivencias allí para siempre. Un libro que atrapó mi interés desde el primer momento, al que traté siempre con exquisita suavidad y con el profundo respeto que un alma siente siempre hacia lo misterioso. Este libro era de formato grande, excelentemente encuadernado, de hojas robustas pero suaves, y en su portada traía dibujada con trazos quebradizos la figura de un ánima infantil desnuda; de cabello largo y despeinado, acurrucada sobre los pétalos de una flor, en actitud inocente y sentida. Se titulaba, dibujadas las letras mayúsculas de una forma caprichosa y mágica, "HADAS". El libro, como es fácil de suponer, trataba acerca de estos seres extraños: de los lugares que habitaban, de sus orígenes, sus costumbres y sus manías. Sin embargo, a mí me sorprendió el tratamiento que se les daba. No hablaba de ellas como creaciones de la fantasía humana, como había leído tantas otras veces, ni se limitaba a mostrar las típicas ilustraciones de jóvenes estilizadas con alas a la espalda que más parecían chicas de pasarela que seres con algún tipo de encanto mágico. No, este libro abarcaba un mundo muy diferente al estereotipo. En su lugar hablaba, con un cierto respeto que sugería la imagen del autor del texto en su escritorio dudando de si incluir alguna información u obviarla ante el temor de que las hadas pudieran tomar represalias, de todo lo temible y aterrador de sus costumbres. Se contaban historias de campesinos encontrados durmiendo en el campo, sin poder recordar qué les había ocurrido. También de ancianos que despertaban envueltos en raíces como si hubieran permanecido durmiendo allí durante décadas, a los que luego, buscando a sus contemporáneos, había sorprendido el saber que habían pasado siglos desde que quedaron dormidos; sin poder ellos recordar nada. Hablaba de la música de las hadas, que tenía el poder de hechizar a un hombre y hacerlo morir bailando, ajeno al mundo exterior. También de las fiestas de las hadas, a las que si por casualidad un hombre acudía y probaba un bocado, por pequeño que fuera, moría envenenado. De todo esto se hablaba en el libro con una naturalidad y una firmeza que asustaban, pues no parecía estar contando cuentos ni historias inventadas; sino que por el contrario tenía uno la sensación de estar leyendo experiencias vividas por alguien, nítidas y terribles en su cabeza, extrañamente reales, más reales que los libros de Historia.


    La forma de estos seres tampoco era la acostumbrada. Pequeños cuerpos esqueléticos de rasgos punzantes, rostros burlones achatados o, por el contrario, terriblemente alargados y de expresión fantasmagórica; todos estos seres provocaban al instante desconfianza, cuando no directamente terror. Si bien de vez en cuando se podía observar una mujer de evocadora belleza, nunca éstas tenían en el fondo una expresión inocente o amigable. Todas escondían, bajo su sensualidad y sus miradas hipnóticas, un secreto interés en acercarse a tí y atarte para siempre, en algún lugar de su extraño mundo. Otras formas de la naturaleza poblaban el mundo de las hadas. Los Leprechauns y su oro, que a mi eran de las pocas criaturas que me daban alguna confianza; o el Pixy, que tomando forma de arbusto se dejaba pisar y entonces tu orientación quedaba anulada, obligándote a caminar en círculos sin llegar nunca a tu destino. Pero el personaje que más influyó en mi infancia y que me atormentó durante años fue uno al que sólo se le dedicaba media página. Esta era una criatura fantasmagórica, de aspecto parecido al Gollum de la película, pero con una expresión lastimera terrible. Verde y esquelética, con pocos pelos en la cabeza, pero largos y enfermos. Habitaba en los ríos, y se decía de ella que atrapaba a los niños que caminaban junto a la orilla, agarrándoles con firmeza el tobillo, y los arrastraba hacia las profundidades para siempre. Ninguna explicación más se daba, y yo me quedé la primera vez que lo leí observando el dibujo aterrador de la criatura, a la que se daba el nombre de Juanita Dientesverdes.


    Creo que nunca mis paseos por el campo volvieron a ser los mismos. Yo observaba cada elemento de la naturaleza como un ente mágico y peligroso. Me acordaba de los Pixies, al caminar entre helechos. También del Espíritu del Abedul, del que se dice que si te toca con una de sus ramas en la cabeza produce locura, pero si acierta en el corazón mueres instantáneamente. Muchas cosas en la naturaleza había de las que no se mencionaba encantamiento alguno en el libro, pero yo tenía imaginación suficiente para ver en todas ellas algo misterioso y prohibido, algo que había que respetar y temer. Pero, sin duda, lo que más miedo me hacía sentir en mis paseos era saber de la existencia de Juanita Dientesverdes. En ese lugar alejado de todo al que mi tía y yo íbamos sólo muy de vez en cuando, oculto en mitad del bosque; inundado siempre de hojas y ramas, en el que sólo se oía el transcurrir del riachuelo y el respirar de los árboles, siempre oscuro y terrible. Allí, aunque nunca la vi realmente con mis ojos, sentí muchas veces la presencia de Juanita, observándome con su medio rostro salido del agua, esperando mi acercamiento a la orilla para apresarme y sumergirme en la profundidad.


    Y aunque nunca sucedió así, yo recuerdo esos momentos como algo muy especial en mi vida. Pues al final importa poco si son hechos verídicos o simplemente historias para asustar a los niños. Importa que, durante unos instantes, el alma de un humano pueda sentir, con convicción y sin ningún tipo de duda, que las hadas existen. Aunque sólo sea en tu imaginación mientras estás, literalmente, temblando de miedo.

    November 17

    La Culpa del Amor

      

     

     “La justicia de Dios, por la fe en Jesucristo, para todos los que creen.

    Porque no hay ninguna distinción: 

    Todos han pecado, y todos están privados de la gloria de Dios,”

     

    Romanos, 3, 22-23

     

    ---------------------------------------------------------------------------------


    Marti bebía café en ese lugar alejado del tiempo y el espacio. Real, fantástico, qué importaba. Era un lugar calmado. Era un lugar alejado de la guerra. Allí lo mismo se podía beber que vomitar, lo mismo danzar y sonreir que esposarse las manos al tirador de cerveza. La madera barnizada de las mesas ni preguntaba ni hacía juicio alguno. Uno allí podía sufrir -o disfrutar- sus pecados sin sentirse observado por sus buenos y castos hermanos.


    Marti bebía café por no beberse su amor. Le quedaba ya tan poco... no podía malgastarlo. Y nunca como entonces, nunca como en ese momento en que el café caliente descendía por su garganta, recordándole que aún estaba vivo y que nada había hecho todavía para evitarlo, había necesitado tanto un pequeño sorbo de su amor. Apenas un poquito y hubiera bastado, sólo mojar los labios... y entonces Marti hubiera llegado a casa y abierto la colcha de su cama, dejándose mecer dentro por el sueño reconfortante de las noches confusas con final feliz.


    Pero Marti escupió la delicada gota de amor que pretendía curar su corazón y luego le dio el último trago al café, antes de dejar la tacita en su plato y las ganas de vivir en el cenicero. Entonces se levantó, obvió el tabaco y el mechero, se levantó el cuello de la gabardina y se marchó de aquel lugar con las manos arañando suplicantes el interior de sus bolsillos. Largo rato recorrió las calles blancas, vacías. Un borracho se rió sin mala intención de su porte desgarbado y enclenque, como si hubiera pasado ya por esos momentos en los que uno no tiene el coraje necesario para enfrentarse al viento de la vida, ese que hace a uno encorvarse y poner cara de estreñido mientras avanza sin tener claro hacia dónde, y hubiera sabido reirse de ellos con toda su alma. Una anciana le sonrió piadosa, como si no le fueran ajenos todos estos tejemanejes de la desdicha. Una pareja le dedicó una mirada de compasión. Pero Marti observaba sólo sus pasos. Sólo sus zapatos negros, dejando huellas grises en la nieve blanca. Sólo su sucia estela, aburrida de estar a su lado, se iba trazando a su paso. Hasta que llegó a Puerto Redentor.


    Construido sobre el océano blanco del alma, con los ladrillos de la culpa, formando la gigantesca estructura que había de ser el purgatorio de Marti. Allí donde llegan los que se pierden, los que no han tenido valor para recorrer el camino pero aún conservan lo que ellos consideran una supuesta nobleza: el propósito firme, aunque inútil, de dejarse juzgar y cumplir condena. Con la mezcla de café y bilis quemándole la garganta, cerró la puerta tras de sí y se dio la vuelta esperando valientemente la sentencia. Y entre el silencio sepulcral de aquel lugar religioso, bajo la piadosa mirada de los Santos y señalado su corazón por el dolor de las heridas de Cristo, contemplando la imagen de la pulcra manzana que a todo ser humano hace culpable de su propia existencia, sólo escuchó el sonido de su propia voz.


    "Traidor..."


    A Marti le habían llamado muchas cosas a lo largo de su vida. Le habían llamado irresponsable, por ejemplo. Le habían llamado también miedica, y cobarde más adelante, tantas veces que incluso se lo había creído. Le habían llamado mezquino, interesado, le habían dicho sinvergüenza las ancianas y quienes le conocían más de cerca le habían acusado de egoista. E incluso le habían dicho alguna vez que era absolutamente incapaz de sentir amor y que su existencia estaba abocada a hacer daño, tanto a sí mismo como a los que sintieran cualquier tipo de afecto hacia él. Pero nunca, jamás en la vida que le había tocado en suerte a Marti había usado nadie la palabra "traidor". Ahora alguien utilizaba su propia voz para comunicárselo sin ningún tipo de escrúpulo. Y él notó inmediatamente cómo su estómago intentaba escapar de su cuerpo, enviando como distracción una ola de frío cortante que recorriera su espalda, mientras el eco de las rodillas de Marti impactando contra el suelo sagrado sonaba a grilletes eternos.


    Llorando de rabia, apretando los dientes como un lobo raquítico que protege su alimento, se levantó y comenzó a correr completamente fuera de sí hacia la efigie lastimosa de Cristo. Se abalanzó sobre ella, la golpeó y le gruñó con todo el odio del que fue capaz. Sus ojos habían perdido el matiz humano adquirido con la evolución, ninguna palabra acudía a su mente. Como un animal salvaje arañaba, golpeaba y se dejaba los dientes en la madera pintada. Desgarrando el sufrido rostro del redentor le atravesó las encías una astilla de dos centímetros. Marti gimió levemente sin dejar de golpear y arañar a su víctima. Clavó sus uñas en el ojo cerrado del mártir de madera e intentó con todas sus fuerzas desgarrarle la mejilla, pero sólo consiguió el insufrible dolor de perderlas. Marti gritó, lloró de dolor, pero también, y sobre todo, de rabia y de odio. Luego sujetó su mano herida y se la puso juntó al pecho, mientras levantaba la cabeza y con su boca sangrante le proyectaba a Dios el aullido más terrible que haya dado nunca un ser humano. El aullido en el que una sola persona expresa por su cuenta y riesgo el odio que toda la humanidad ha recogido en su historia, la más instintiva repulsa hacia toda la culpa con la que el ser humano carga por el inocente y no elegido acto de nacer.


    Después de ese grito terrible, Marti volvió a ser humano. Agachó la cabeza y miró el rostro de Cristo, que mantenía irreductible esa eterna expresión lastimera y piadosa ahora desfigurada por las garras y colmillos de Marti. Se encogió sobre sí mismo, entre sollozos de culpa, formando un caparazón con su espalda. Sintió el sabor de su sangre y el ardiente escozor de las astillas clavadas en las encías, pero no sintió dolor. Sintió el fuego vivo de sus falanges sin uñas, las cutículas sangrantes al rojo, pero no dolor. A través de sus ojos entrecerrados y repletos de pecado, volvió a mirar una vez más al Salvador, tendido sobre el suelo sagrado, esperando en su interminable piedad la redención de Marti. El traidor no se hizo esperar. Llorando, sangrando por la boca, por las manos y por el alma, calculó la distancia justa. Se hizo un poco hacia atrás, se apretó la mano herida fuertemente contra el pecho, cerró los ojos y se dejó caer de costado. El clavo del pie de Cristo no se movió un ápice, y la sien de Marti impactó contra él exactamente como había esperado, más o menos a la altura de las cejas, donde duelen las migrañas.


    Unas horas antes Marti había estado bebiendo café por no beberse su amor. Le quedaba ya tan poco que pensó que no podía malgastarlo. Y, sin embargo, nunca como entonces, nunca como en ese momento en que el café caliente estaba descendiendo por su garganta, recordándole que aún estaba vivo y que nada había hecho todavía para remediarlo, había necesitado tanto un pequeño sorbo de su amor. Apenas un poquito y hubiera bastado, sólo mojar los labios... y entonces Marti hubiera llegado a casa y abierto la colcha de su cama, dejándose mecer dentro por el sueño reconfortante de las noches confusas con final feliz. Pero en vez de eso Marti decidió escupir su amor y terminar el café. Y lo encontraron a la mañana siguiente tendido a los pies de Cristo, compartiendo a través de sus clavos toda la elegante culpa de nuestros pretendidos errores. Esos que cometemos simplemente por estar aquí, esos que nos hacen culpables sencillamente por haber tenido un padre y una madre que, durante unos instantes, se amaron.

    October 24

    Biografía Artística

     

    Daniel Canelo Soria nace en Tudela de Navarra el día 27 de Febrero de 1985. Sin necesidad de que el médico le diera un cachete, comienza a llorar espontáneamente ante la visión de lo que le espera en la vida. Su enorme sensibilidad artística comienza a manifestarse ya desde muy pequeño, prefiriendo jugar con un muñeco de Minnie antes que con el de Mickey, aunque hay gente que asegura que un psicoanálisis podría evidenciar que eso no tuvo nada que ver con su sensibilidad, sino con otros impulsos peor vistos socialmente.

     

    Desarrolla su concepto de la vida creciendo entre el pueblo de Monteagudo y la ciudad de Zaragoza,  a intervalos regulares. Este contraste de costumbres le proporciona una visión muy amplia de las diferentes maneras de interpretar la realidad que tienen las personas, habilidad que, a pesar de que casi le haya costado su propia integridad psíquica,  luego valorará mucho como artista.

     

    En 2º de EGB su profesora decide regalar a cada alumno una pequeña fábula Disney, pensando en cuál podría venirle mejor a cada uno según su carácter. Curiosamente, Daniel recibe el clásico cuento “La cigarra y la hormiga”, lo que provoca que su madre empiece a pensar que el chico no es que sea “tranquilote”, es que es un vago de cojones.

     

    Durante los tres primeros años de la Primaria, Daniel elige apuntarse a la optativa de Religión, en vez de a Alternativa. Probablemente, esto sólo se debiera a que el nombre era más corto y daba la impresión de que mandarían muchos menos deberes para casa. Allí aprende cosas tan útiles como el Ave María y el Padre Nuestro, que le sirvieron, como poco, para sentarse en las misas del pueblo y poder mover los labios a la vez que lo hacían las ancianas sin sentirse desplazado. Años más tarde descubriría la enorme ventaja artística que supone conocer la manera en que funciona la mente de un creyente.

     

    La Primaria pasa sin pena ni gloria mientras él, ensimismado en su afán de conocimiento, se encabrona en acumular la información que le proporcionan sus sentidos en vez de la que se le ofrece en los libros. En el segundo curso, se hace una obra de teatro en la escuela en la que Daniel interpreta al rey en el clásico cuento “El Gato con Botas”. Al acabar la función, la profesora responsable de la dirección de la obra lo saca aparte y le comenta lo genial que lo ha hecho, comentario que Daniel recibe lleno de orgullo y satisfacción. Cuatro años más tarde, recibiría su premio por tan estupenda actuación al recibir el importante papel de chino alquimista en la obra “La Profecía” de Fernando Lalana; papel que duraba un minuto y medio dentro de una representación que ocupaba casi hora y media.

     

    Los años pasan y el temido momento llega. Al acabar la Primaria, Daniel se matricula en el IES Medina Albaida de Zaragoza. Allí es sometido a pruebas físicas terribles, como correr la Course-Navette, o el test de Cooper. Empieza a sospechar que en el futuro desarrollará un terrible rechazo al deporte, pero hace las pruebas para no añadir Educación Física al interminable listado de asignaturas suspensas.

     

    Como artista que es, empieza a sufrir importantes contratiempos con todas las asignaturas lógicas y científicas que se le presentan. Le es imposible recordar los ríos de su comunidad, no alcanza a comprender cómo puñetas se hace una raíz cuadrada cuando las raíces siempre han crecido desorientadas y sin forma definida, la tabla periódica de los elementos le parece un cartel publicitario anunciando la continuación de Matrix.

     

    El parte de notas que lleva a casa es un yin-yan con formalismos oficiales. 8 en Lengua Castellana y Música, 1’5 en Matemáticas y Ciencias Sociales. A pesar de lo que se esforzó por aguantar las últimas vueltas al patio en el test de Cooper, en Educación Física obtiene un cinco pelao.

     

    Prácticamente al inicio de la Secundaria comienza a surgir en él su interés por la escritura. Comienza por cosas sencillas, ensayando su firma en todos los papeles sucios que encuentra por ahí, y acaba escribiendo lo que sería su primera poesía. A partir de aquélla, vienen muchas más, y por consejo de su profesor de lenguaje decide presentar alguna al concurso anual del instituto. Contra todo pronóstico, obtiene el segundo premio, pero para entonces ya está aburrido de espacios entre líneas y comienza a meterse en el terreno de los relatos cortos.

     

    Mientras tanto, en su vida privada Daniel desarrolla un interés especial hacia la música rap. Influenciado por sus artistas favoritos, comienza a escribir sus propias letras, obteniendo gran reconocimiento por todo aquel que ha tenido el placer de escucharle cantar, lo que suele pasar pocas veces debido a un terrible pánico escénico desarrollado en algún momento perdido en el tiempo.

     

    En medio de este galimatías literario, a caballo entre lo poético y lo sucio del rap, topa con un profesor de literatura que parece ver en él alguien capaz de sacar mucho más de lo que está dando. Este señor le recomienda la lectura de varios libros que habían de marcar la visión artística de Daniel. Con apenas quince años, Daniel comienza a leer a Orwell y a Hesse, a Kafka, a Huxley y a Bradbury, entre otros muchos. Esto le transforma completamente. De repente, empieza a tener un concepto muy abstracto del mundo que le rodea, no sabe qué pensar, no sabe qué debe hacer, no sabe en quién puede creer.

     

    En medio de esta ignorancia, Daniel empieza a buscar en sitios más alejados. Terminada la Secundaria, comienza a investigar el inmenso mundo que aparece ante las puertas cerradas del instituto a su espalda. Como todavía no sabe qué debe hacer, pero sigue siendo más vago que la chaqueta de un guardia, pasa del bachillerato y decide apuntarse a un grado medio de Gestión Administrativa, simplemente por el hecho de que varios compañeros suyos están en el mismo instituto.

     

    Ese verano lo pasa trabajando de camarero en un hotel de Cintruénigo, Navarra. Si le hubieran puesto un polo rojo y una gorra con el dibujo infantil de un pollo, seguramente habría sido otra cosa, pero como le dieron un chaleco y una pajarita muy elegantes, Daniel ejerce su trabajo feliz y contento, haciendo felices a los demás. Durante ese verano, aprende lo útil que es el oficio de camarero para conocer en profundidad la psicología de las personas.

     

    Como todo lo bueno se acaba, en Septiembre debe devolver la pajarita y el chaleco a su dueño y tomar el tren de vuelta a Zaragoza, para comenzar sus estudios como administrativo, cargo que, por otra parte, todavía no se ha planteado ni qué tipo de oficio es.

     

    Académicamente, ese año es nefasto para Daniel.  Números y números inundando la pizarra; sumas, restas, divisiones… un increíble despliegue de ejercicios lógicos cada mañana están a punto de hacerle buscar una piedra y atársela a los pies frente al Ebro, pero en su desesperación encuentra un camino a seguir.

     

    Decide pasar de las clases y dedicarse a dibujar muñequitos. Eventualmente, descubre que no se le da tan mal, y durante las interminables mañanas llenas de explicaciones del profesor de economía acerca del Activo y del Pasivo, él desarrolla una amplia obra digna de exponerse en las mejores galerías… si no estuviera dibujada sobre papel cuadriculado.

     

    Este mismo año, seguramente presionado por la aplastante lógica que impera su alrededor por las mañanas, comienza a investigar otras maneras de entender la realidad. Comienza a leer a Castaneda. En sus viajes por Internet acaba parando en páginas que cualquier otro ser humano hubiera cerrado al instante de leer la primera palabra del título. Sin darse cuenta, se va formando en él una nueva forma de ver las cosas, más abstracta, menos definible.

     

    Durante ese tiempo comienza a escuchar música que le sorprende gratamente. Descubre por ejemplo que “pink floyd” no es sólo una palabra peyorativa, y que todos esos soniditos extraños que se escuchan a veces en las canciones pueden tener un efecto increíble en la conciencia. Pasa los días escuchando rock progresivo y electrónica psicodélica, mientras en los ejercicios que le han mandado en clase para hacer en casa los números empiezan a moverse y deslizarse unos entre otros, sin tener relación aparente.

     

    Al acabar el curso le dan su título como administrativo. Para su sorpresa, no hay ningún diploma ni nada y, en su lugar, sólo puede ver un papel rancio en el que se le ofrece la posibilidad de volver a matricularse para probar suerte el año que viene. Pero eso ya no le importa. Con una sonrisa en la boca, Daniel se va feliz de aquel lugar gris, dispuesto a saborear la vida todo lo que le permita, que seguro que es mucho, o al menos, bastante.

     

    Ese verano lo pasa como si estuviera dentro del submarino amarillo de Los Beatles. Descubre que con las estrellas también se puede jugar a cruzar los ojos y ver figuritas, como en los libros 3D, también que según tengas el día la comida sabe simplemente bien o sabe todavía mejor, y descubre también que no cree en las brujas, aunque sabiendo con objetividad que haberlas, haylas.

     

    Todas estas experiencias y muchas más enriquecen su mundo interior notablemente, y amplían su visión artística hasta límites que nunca había sospechado.

     

    Por arte de birlibirloque, durante una de sus juergas nocturnas se encuentra con un antiguo amigo que le comunica que ha decidido estudiar fotografía este año que viene. Daniel se queda pensando durante unos instantes y decide que, ya que no tiene nada mejor qué hacer, es una buena idea para matar el tiempo. Dos meses después comienza el curso.

     

    Los conocimientos que adquiere estudiando fotografía no tienen parangón, pero de nuevo vuelven a tener muy poca relación con lo que Daniel está estudiando. Empieza a conocer realmente el manejo de una cámara cuando casi a final de curso se compra una. Esto le salvó de quedarse sin título también como fotógrafo, pues con la cámara, y no con los libros, fue que aprendió todo lo que necesitaba para pasar las recuperaciones de junio.

     

    Con su sencillo título en la mano, a Daniel se le abre de repente el enorme mundo del mercado laboral, dándose cuenta en poco tiempo de que cuando a uno se le abre de repente el enorme mundo del mercado laboral, a la vez se le cierra el enorme mundo del conocimiento personal. Con su flamante puesto de dependiente de Fotoprix a jornada partida, Daniel redescubre la innata necesidad que tiene de permanecer algo de tiempo al día consigo mismo, y lo terriblemente deprimido que se siente cuando alguna responsabilidad exterior se lo impide.

     

    Durante el tiempo que permanece recorriéndose todos los establecimientos Fotoprix de Zaragoza, crea una barbaridad de material escrito que usa para dar salida a todo su aburrimiento existencial. Esto lo compagina con la ávida lectura de libros y libros, centrándose especialmente en Osho, cuya lectura le proporciona el coraje necesario para hacer lo que siente que debe hacer. Cuando su jefa le propone amablemente renovar el contrato, dando muestra del contento de la empresa con él, Daniel dice que no es nada personal y que les ha cogido mucho cariño a todos, pero que renovar el contrato dos hostias. Luego se va.

     

    A partir de ahí comienza a ser lo que podríamos denominar un deshecho social. No tiene trabajo y vive en casa con su madre, pero al menos aún no tiene que pedirle la paga para ponerse tibio los sábados. Comienza a investigar lo que ha podido pasar con su sensibilidad artística, que durante su estancia en Fotoprix ha parecido irse al garete en pos de la técnica y la profesionalidad.

     

    Decide junto a un amigo hacer una exposición sin grandes pretensiones en un bar de la ciudad. Como saben que lo positivo siempre atrae a la gente, deciden hacerla en homenaje a Pink Floyd, con fotos tétricas y desgarradoras, poniendo al lado de cada foto una frase de alguna canción del grupo británico, a ser posible triste y melancólica, cuanto más mejor. Dicen que con ello quieren simbolizar lo bello de la tristeza sin disfraces, pero en realidad lo que buscan es llamar la atención, como todos los artistas.

     

    La exposición es vista por un número elevado de personas, pero no por más de las que habitualmente van a ese bar a emborracharse, por lo que se puede decir que la exposición en sí fue un rotundo fracaso.

     

    Mientras todo esto sucede, Daniel no para de investigar maneras de sacar todo eso que por dentro le susurra al oído pero no consigue entender bien. Se compra una armónica, pero desgraciadamente habla un lenguaje diferente al del susurro. Aunque bueno, salen cosas que, musicalmente, no están mal. Al ver que la armónica no le comprende muy bien, se compra otra en otra tonalidad, para ver si es por eso. Fracasando también con esta, decide ir a por la más cara, con un botoncito para hacer semitonos y todo. Curiosamente, esta es la que peor le comprende de todas y, cansado ya de dejarse dinero en trastos sin conocimiento de idiomas, decide dejar las armónicas en un cajón. De vez en cuando las saca para ver si durante su estancia en el pequeño habitáculo lleno de folios sucios han aprendido algo, pero las vuelve a dejar cuando se da cuenta de que no, intuyendo, cada vez con más convicción, que eso no pasará. Como era de esperar, tampoco en este tiempo para de escribir.

     

    Tiempo después se apunta al Curso de Fotografía Digital de la galería Spectrum Sotos, de la que le han contado cosas como que es un sitio donde expone gente muy importante, que es una galería de reconocido prestigio, patatín patatán. A Daniel le da igual todo eso, sólo intenta buscar una manera de que le rebajen los quinientos eurazos que cuesta el curso.

     

    Sin conseguirlo, los paga con mala cara y comienza a estudiar allí. Lo cierto es que aprende un montón de cosas y al finalizar el curso casi puede considerarse un profesional de la fotografía artística. Lástima que, para entonces, tras el montón de conceptos técnicos y teoría que tiene en la cabeza, a Daniel se le haya ido el interés por la fotografía. No obstante, durante el discurrir del curso obtiene una pequeña colección de fotos que más adelante le servirían para hacer otra exposición algo más seria que la anterior. De momento le da igual.

     

    Después de comprobar que aprender cosas de forma muy precisa le supone perder el interés a corto plazo por ellas, decide liarse a mamporros con todas las ideas preconcebidas que tiene acerca del arte y su entorno. Esto le supone duros quebraderos de cabeza. No tarda en darse cuenta de lo musculadas que están las ideas preconcebidas, y de la mala hostia que tienen.

     

    Aún así, y ganándose un ojo morado, dos dientes rotos y varias magulladuras distribuidas desordenadamente por todo su cuerpo metafórico, consigue al menos tumbar a una de ellas y decide hacer una exposición que rompa con todo lo anterior. Frases a modo de fragmentos bíblicos inventadas por él, acompañando a fotos sin relación alguna con las frases, preferentemente de estética solemne y decadente. Sí, eso era tan absurdo que tenía que dar resultado. Como título, le pone “Prolepsis”, que es un concepto que ha aprendido leyendo filosofía por su cuenta y cuyo significado le ha gustado, aunque de una manera lógica poco tiene que ver con la exposición. Precisamente por eso, decide que queda bien.

     

    La exposición se inaugura en Huesca, lo que para él supone exportar su obra y le hace ilusión. A la inauguración acuden familiares y amigos, gente del local donde expone, y pocas personas más. De todas formas, en términos económicos podría decirse que tiene más éxito que la anterior, vendiendo cuatro fotografías. En términos morales la cosa cambia: dos fotografías las compra su hermana, y otras dos, su madre. Aún así, todo lo que sea ver venir dinero sirve para que Daniel se sienta satisfecho.

     

    Después de esto, comienza a relacionarse con el mundo del teatro. Alentado por dos amigos decide inscribirse, casi en contra de su voluntad, en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza. Pasa el verano preparando las pruebas de acceso.

     

    Al llegar el momento de la prueba, conoce de cerca a otro enemigo interior que todavía tiene más mala hostia y los músculos más duros que las ideas preconcebidas. El miedo al ridículo. Aunque a este ya lo tenía muy calado de infinidad de ocasiones anteriores, esta vez el combate es a muerte, delante de cuarenta personas, desgarrándose la carne en una lucha encarnizada. Desgraciadamente, Daniel sólo consigue asestar el primer puñetazo. Todos los siguientes los encaja el miedo al ridículo, y de qué manera. Desde fuera, a Daniel se le ven las rodillas ahora aquí, ahora allá, su voz parece intentar pasar a través de una estrecha abertura que le impide el paso, le tiemblan hasta las ganas de vivir.

     

    Como es de esperar, no pasa la prueba. Esto le afecta terriblemente… hasta la hora de comer. Una vez saciado, decide que la experiencia ha sido lo suficientemente impactante como para despertar en él nuevas formas de expresarse, que hasta ahora no tenía muy claras. Decide revisar lo aprendido para construir algo nuevo, decide que va a hacer el suficiente gimnasio metafórico como para plantar cara a todos los enemigos interiores que le acechan, conocidos y desconocidos, decide expandir su visión artística aún más, aunque sólo sea para ver hasta dónde puede llegar. Decide, por fin, empezar a escribir cosas con sentido. Con alguno, al menos.

     

    Y, dado que aún no ha muerto, en ello está actualmente, mientras nadie se lo impida.

     

    Si usted está interesado en conocer su obra, investigue. Busque. Mire incluso debajo de las piedras. Por supuesto, no encontrará nada de su obra debajo de las piedras, pero en un sentido metafórico, ¿no es el mundo entero un poco como Daniel Canelo Soria?

    October 21

    El Extranjero (Segunda Parte)

     

    El viajero ha llegado a Loscuerdos y ha levantado su nariz afilada pareciendo buscar algo diferente al olor a hierba mojada que lleva acompañándole desde hace rato. Sin conseguirlo, ha examinado con sus ojos ocultos bajo la sombra de la capucha buscando algo de luz en alguna de las casas que le rodean. Fracasando también en esto, ha decidido simplemente seguir andando como había hecho hasta ahora por los campos, sólo que esta vez entre las calles del pueblo. Mientras ha subido una de las cuestas, tres gatos refugiados de la lluvia bajo el portal de una casa le han dirigido sus curiosas miradas, dos perros han gruñido tímidamente a su paso y un murciélago colgado boca abajo se ha preguntado el motivo de su existencia y el de todo lo que le rodea, llegando a los tres segundos a siete conclusiones diferentes teniendo la más prescindible de ellas una viabilidad cuatro o cinco veces mayor que todas las que hasta ahora han dado la ciencia y la religión. Un segundo y medio después ha entrado en estado de hibernación y para cuando despierte sólo recordará una, y de manera muy difusa, pero de esto ya hablaremos cuando llegue el momento. Justo cuando el murciélago ha llegado a la quinta conclusión, el viajero ha levantado la vista mientras caminaba y ha divisado una luz tenue a lo lejos. Puesto que la cuesta que está subiendo parece dar a parar directamente allí, y dado que ese parece ser el único lugar donde vaya a encontrarse con alguien de su misma especie que ni esté durmiendo ni esté muerto, el viajero ni se detiene ni tuerce su camino. Al poco rato ha llegado hasta allí.

    Al parecer, ha llegado por la parte de atrás, así que lo primero que hace es bordear la vivienda. Al pasar al lado de una de las ventanas ha echado un vistazo oculto bajo su capucha. A juzgar por el aspecto del lugar, con pequeñas mesas redondas distribuidas delante de una barra de bar presidida por un tipo ancho y grande, de bigote frondoso, calva reluciente y que porta un trapo de cocina en el hombro, el viajero diría que se trata, sin lugar a dudas, de una taberna corriente y moliente. Tras llegar a tan asombrosa conclusión, sigue bordeando la pared hasta que topa con la puerta.

    Clavado encima de las puertas, de forma rústica y sencilla, un letrero:

     

    “TABERNA DE CROD”

     

    “Crod” no le sugiere mucho, pero “taberna” es sinónimo de bebida y de descanso. El viajero extiende sus largos y delgados dedos sobre la puerta y empuja suavemente. Entra con cuidado, deja la puerta cerrarse por sí misma y dirige una panorámica mirada hacia los presentes. La escena le resulta algo incómoda. Un anciano indudablemente borracho le mira desde su silla con cierta extrañeza, pero con esa serenidad inmutable que gobierna los actos de los ancianos borrachos. Un joven que da la sensación de haber sido transportado desde su cama hasta aquí por algún tipo de fuerza misteriosa, lo que explicaría su rostro desorientado, le mira con los ojos muy abiertos y experimentadamente aterrados, como si acabara de ver al mismo diablo vestido de seda proponiéndole juegos para adultos, pero no por primera vez. El ancho tabernero le mira como si estuviera buscando algún error fatal por el que poder condenar a muerte al recién llegado.

    El viajero da las buenas noches inclinando levemente su barbilla hacia abajo, un amable gesto de presentación aprendido con los años: transmite serenidad, receptividad y confianza. Luego se descuelga el zurrón y lo deja en la percha principal. Después se quita la elegante y larga casaca mojada, la cuelga sobre el zurrón y se destapa el rostro. Lo que en la penumbra parecía ser una capucha de hechicero de cuento anexa a la casaca resulta ser una sudadera deportiva común. En cambio, el rostro del viajero sí resulta ser, de alguna manera, misterioso.

    Bello es un adjetivo apropiado, pero hay algo más que belleza. Su cara es delgada y larga, con los contornos muy marcados. Media melena que en algún tiempo debió de ser negra, sin peinar demasiado, creciendo desorientada. Si no llevara bigote y perilla bien recortados, parecería un residuo de los setenta. Encima de su nariz afilada, sus ojos son grises y alargados, y parecen tallados con cariño y buen gusto. Su mirada no tiene edad. Su rostro forma un conjunto expresivo de posibilidades inagotables. Refleja un amplísimo conocimiento del mundo y, a la vez, una segunda ingenuidad adquirida con el tiempo, mucho después de perder la de la infancia. Todo lo que se puede observar en él resulta enigmáticamente paradójico y contradictorio. Parece mirar todo con ojos divertidos, chispeantes, pero inevitablemente cargados a la vez de una terrible seriedad y cierta desazón. Por el contrario, cuando su mirada se vuelve seria y adusta y contempla su alrededor con infinita tristeza, parece a la vez estar contando un chiste del que no escapa ninguna de las idioteces que el ser humano ha cometido a lo largo de su historia, ni tampoco las que está cometiendo ahora, riéndose a carcajadas de todas ellas.

    Crod, Jack y Moritz le observan mientras se dirige a la barra.

    -Una cerveza y algo de comer si fuera posible –pide el viajero con ojos amables.

    -Algo de comer pueden ser bastantes cosas, extranjero –contesta Crod, más afable y cercano de lo que parecía en un principio. –Tengo croquetas de jamón, croquetas de pescado, huevos rellenos, tortilla de patata... bueno, la tortilla es de hace cuatro días, olvídala. También puedo hacerte un bocadillo.

    El viajero observa las vitrinas llenas de enormes huellas dactilares.

    -Me irá bien con una croqueta de jamón y un huevo relleno, gracias –contesta.

    Jack observa curioso al extranjero, le transmite confianza. Jack siente una curiosidad innata por las personas extrañas, le resulta interesante observar las costumbres de cada una y convivir con ellas. Quizá por eso el destino le hizo nacer en Loscuerdos. Pero el extranjero transmite una sensación muy diferente a cualquier otra persona de la aldea. Resulta extraño... por lo “normal” que parece.

    -Le ha pillado mal día para hacernos una visita, ¿eh? –comenta Jack, amistoso.

    El viajero se vuelve y sonríe con cierta timidez.

    -Sí, eso parece.

    -Bueno –continúa Jack. –Pero ha merecido la pena, ¡este es el mejor lugar de Loscuerdos para descansar el cuerpo y despejar las ideas, amigo!

    Jack entrecierra los ojos y dirige su mirada a Crod.

    -Aunque el tozudo de Crod no quiere poner música. –dice con expresión burlona.

    El viajero ríe y mira también al tabernero.

    -Jajaja, ¿no quiere?

    Crod mira a Jack mientras le sirve al extranjero la croqueta de jamón. Hace ademán de decirle algo pero se arrepiente como pensando que no merece la pena. En su lugar, le habla al recién llegado.

    -Me gusta la taberna así, con su sonido propio. Me siento cómodo. –dice sonriente.

    Jack vuelve al ataque.

    -Bah, ¡tonterías! –exclama. –¡Si nunca lo has probado! Tienes miedo a hacer cambios en tu vida, Crod. ¿Sabes que eso tiene un nombre científico? Se llama... no me acuerdo cómo se llama. ¡Pero existe y tú lo tienes, viejo gruñón!

    El viajero ríe a carcajadas, la situación le resulta divertida y reconfortante. Se siente a gusto, cálido. Crod sonríe divertido y menea la cabeza dando a Jack por imposible mientras seca otra tanda de vasos recién fregados.

    -Ande, buen hombre –dice Jack al extranjero. –Venga usted a sentarse con nosotros y deje a ese cascarrabias hacer su trabajo.

    Al viajero le parece adecuado y, cogiendo la cerveza y el pincho, se dirige a la mesa en la que están sentados Moritz y Jack, no sin antes lanzar una mirada cómplice al tabernero, como disculpándose por “cambiarse de bando”.

    Moritz y Jack le hacen un sitio entre ambos. Cuando se pone cómodo, parte con el tenedor un trozo de croqueta y se lo lleva a la boca.

    -Bueno –continúa Jack. -¿Y qué le trae por aquí, eh?

    El viajero se apresura en masticar para contestar.

    -¡Glup! Pues... nada en especial. Ganas de conocer otros lugares. –contesta.

    Moritz se lleva un trago de vino al gaznate y luego levanta un dedo a la manera en que se hace cuando se está a punto de decir algo importante. Permanece así durante dos segundos mientras Jack y el viajero lo miran expectantes. Al fin, dejando caer el brazo, exclama balbuceando:

    -¡Biend... venido! ¡hip!

    El extranjero sonríe y se lleva otro pedazo de croqueta a la boca. Crod saca del microondas el huevo relleno.

    -En ese caso lo vas a tener difícil. –dice desde la barra. –En este pueblo del demonio no hay una sola posada. Ya tienes el huevo.

    Mientras el viajero se levanta para coger el huevo, Jack desarrolla la información de Crod.

    -Es cierto –dice mirando a la mesa. –Bueno, están construyendo una ahora, pero los albañiles vienen cuando les da la gana. Después de todo, por aquí no pasa mucha gente, todavía no sé quién va a ser el valiente que vaya a trabajar allí.

    El viajero se sienta con el huevo y le da un trago a la cerveza.

    -Bueno, ya me las apañaré. –comenta despreocupado. –Quizá pueda encontrar algún lugar, tampoco sé cuánto tiempo me voy a quedar.

    Jack agarra la cerveza del extranjero y le da un trago sin pedir permiso.

    -Oiga, puede quedarse en mi casa si quiere. –le dice con convicción.

    El viajero se apresura en responder.

    -¡Oh, no! No quisiera causar molestias. –contesta agradecido. -Muchas gracias, pero no será necesario.

    -¡Qué molestia ni que niño muerto! En serio, quédese. Mi casa no es gran cosa, pero me sobra una habitación y no sé qué hacer con ella. Además, parece usted un tipo con el que merece la pena pasar el rato.

    El viajero sonríe agradecido. Luego piensa en su situación y reconoce que no tiene muchas más alternativas. Además, el chico le ha caído bien, piensa que puede ser divertido compartir tiempo con él.

    -Está bien, de acuerdo. –dice al fin.

    -¡Perfecto! Ya verá usted cómo lo pasamos. Por cierto, aún no nos hemos presentado, ¿no es cierto?

    El viajero hace un gesto de preocupación por el descuido mientras se limpia los labios con una servilleta.

    -¡Oh! –exclama. –Lo siento, es cierto. Mi nombre es Leinad.

    -¡Encantado, Leinad! Yo soy Psilocybe Jack –dice Jack mientras le estrecha la mano con energía. –Aunque para acortar todos me llaman simplemente Jack. Esta cuba de vino andante se llama Moritz, y aquel... bueno, a Crod ya lo conoces. Los dos son buena gente, aunque Crod es un poco cascarrabias como ya habrás notado.

    Leinad ríe y saluda a ambos con la mano.

     

     

    La noche pasa entre bebida y charlas. El reloj marca las cuatro y cuarenta y seis cuando la taberna cierra la puerta. Todavía caen algunas gotas pero la tormenta ha cesado. Leinad se va con Jack, y Moritz monta su bicicleta confiando en que le lleve a casa como siempre ha hecho. El pueblo de Loscuerdos duerme, por pocas horas ya, desconociendo la llegada de su nuevo y misterioso vecino. Tras apenas dos o tres horas de hibernación, al murciélago ya se le han olvidado completamente tres de las siete teorías que había desarrollado. Y tampoco es algo a lo que darle muchas vueltas porque, a fin de cuentas, aunque un murciélago llegara a recordar todas las conclusiones a las que llega, seguiría siendo incapaz de hablar.

    October 19

    El Extranjero (Primera Parte)

     

    Un trueno interrumpe el hipnótico sonido de las gotas de lluvia al caer en grandes cantidades. El pueblo de Loscuerdos duerme desde hace ya unas horas. El viajero observa sus pies. Uno, otro, uno, otro, haciendo salpicar agua de la hierba mojada con cada paso. Sin interrumpir su ritmo, levanta la vista levemente. Debajo de la capucha, una nariz afilada encima de unos labios delgados y adustos, rodeados de un fino bigote unido a una perilla ni corta ni larga, de unos cuatro dedos por debajo de la barbilla. Bueno, sí, más bien tirando a larga. La sombra de la capucha cubre sus ojos, pero la punta de su nariz señala como una flecha a Loscuerdos, que empieza a otearse por el horizonte. Sin haber dejado de avanzar ni un solo momento, vuelve a agachar su rostro. Sus pies de nuevo: uno, y otro, y uno, y otro. Mientras camina, su mano derecha sale del bolsillo de su larga casaca mojada. Sus dedos son largos y huesudos, uñas cortas y limpias, un anillo plateado en el anular, el de después del meñique. La mano se dirige al zurrón de pastor. Saca una pequeña cantimplora térmica y, con ayuda de su compañera izquierda, abre el tapón. El viajero se lleva la cantimplora a la boca y bebe un pequeño trago. Luego cierra la cantimplora y la vuelve a introducir en el zurrón. Sus manos vuelven a los bolsillos de la casaca. La lluvia es intensa y cubre los oscuros campos de charcos. Él no deja de avanzar.

     

    Mientras tanto, en la taberna de Crod, dos personajes muy dispares intentan mantener una conversación. Crod los observa con mirada inexpresiva mientras seca unos vasos recién fregados. A su vez, justo un metro y setenta y cinco centímetros debajo de la cabeza de Crod, pero un poco hacia la izquierda, media cucaracha maldice a Crod y a sus pies anchos. Es lo último que la media cucaracha hace en su corta existencia como mitad de una unidad. Mientras exhala el último suspiro (es una forma de hablar, claro, la mayoría de los invertebrados no respira al uso, sólo unos pocos, pero las cucarachas no entran dentro de ese selecto grupo, las cucarachas respiran por unos tubos denominados tráqueas, así que técnicamente deberíamos decir: “mientras sus tubos, denominados tráqueas, permiten que el oxígeno penetre en su medio cuerpo por última vez”), justo a la vez, Psylocibe Jack se levanta enérgicamente de su silla y comienza a moverse pomposo por la taberna como si estuviera interpretando. El reloj marca las dos y treinta y cinco.

    -¡Amigos míos, sea esta noche el final de nuestro sufrimiento! Tres vasos de vino más, Crod, uno para ti, ¡y brindemos! ¡Aliviemos nuestras almas y dejémoslas vivir libres del temor del pecado!

    Después de decir esto, Psilocybe Jack mantiene la pose triunfal durante un momento y después se desploma en la silla que tiene detrás quedando su cuerpo como una marioneta sin titiritero.

    -Oh, bueno… -dice con mucha menos energía. –Quizá mañana, hoy parece que hemos rebasado el límite máximo de alcohol que permite liberar el alma de pecado.

    Desde su silla, Moritz observa a Jack con los ojos entrecerrados por el vino. Coge su vaso y sin prisa alguna lo lleva a su boca. Termina el último trago, hipa y vuelve a dejar el vaso en la mesa. Un momento después un trueno terrible hace temblar brevemente la aldea.

    -Me parece que hoy no es día para liberar nada. –dice Crod mirando a la ventana, mientras seca el último vaso mojado de esta tanda.

    Moritz se levanta y comienza a desplazarse con dificultad.

    -Voy al baño.

    Crod comienza a ordenar los vasos a continuación de los anteriores. Jack permanece desplomado en la silla. Fuera, la tromba de agua es descomunal.

    -Dime, Crod –dice Jack animándose. -¿Por qué nunca tienes música en la taberna, eh?

    Crod mira a Jack y permanece durante dos segundos escuchando el constante sonido del agua golpeando contra el techo.

    -Bueno… -dice tras pensarlo un poco. –Supongo que es porque me gusta el ambiente que creáis cuando empezáis a levantar vuestras voces angelicales.

    Crod sonríe irónico a Jack.

    -No, Crod, en serio. ¿Por qué no? La música es algo fantástico, anima a la gente, le hace olvidar sus problemas, crea un ambiente diferente… ¿Sabes? Si cierras los ojos y te dejas llevar por ella, te lleva a lugares que nunca antes habías visto.

    Jack entrecierra los ojos y mueve las manos como si fuera un cuentacuentos. Crod contesta ordenando los vasos, sin mirar a Jack.

    -Posiblemente, pero no voy a poner música en mi taberna. Me gusta así.

    Pero Jack no le escucha, ha cerrado los ojos completamente y se encuentra balanceándose suavemente mientras tararea una canción.

    -¡Naaa na na, na na na na naaa!

    La puerta del baño se abre con calma. De dentro sale Moritz intentando hacer que sus pies sigan el sencillo camino que le lleva hacia la silla en la que estaba sentado. Aunque no trazando una línea del todo recta, al poco lo consigue.

    -Anda, Cdod… acédcame otda de ese vinillo que tieeeneds ahí –balbucea.

    Psilocybe Jack se queda mirando uno de esos platos decorativos que suele haber en las paredes de las casas de las abuelas. Elegantemente dibujados en él, un ciervo y su cría, ambos mirando hacia la izquierda. Luego contempla los bordes decorados con interminables líneas cruzadas entre sí, formando un efecto caleidoscópico, rematadas con un fino borde dorado.

    Un fogonazo de luz ilumina con violencia la taberna. El reflejo en los bordes dorados del plato ciega a Jack, que entrecierra los ojos mientras sigue buscando el plato entre la negrura de su visión. Un segundo después se oye el trueno como un aterrador latigazo cósmico. Justo cuando esto sucede, en la cabeza de Jack se hace el silencio absoluto.

    Ni el ruido habitual de la taberna, ni las gotas golpeando el techo, ni el sonido de su respiración; nada. En su visión, solamente el plato rodeado de una negra oscuridad.

    El resplandeciente borde circular del plato comienza a retraerse mientras la base se impone, como la pupila de un ojo se impone al iris en la oscuridad. Crece y crece delante de Jack, hasta que puede contemplar al ciervo y su cría casi como si los tuviera delante a escala real. De repente, el cervatillo agacha la cabeza y comienza a pastar. El ciervo adulto comienza a caminar majestuosamente. Jack lo sigue con la mirada, aunque sin moverla, digamos que lo que Jack ve en el plato es algo así como un National Geographic en pintura realista animada, visto en una televisión común. El cervatillo queda fuera de plano. Jack contempla al ciervo adulto. Observa su porte imponente, su enorme cornamenta trazada al azar como robustas ramas de árbol crecidas de forma salvaje. El ciervo detiene su paso. Haciendo tres movimientos de cabeza rítmicos, como el segundero de un reloj al pasar, dirige su mirada hacia Jack. Cuando está totalmente de frente a él, los ojos del ciervo se vuelven llamas y su boca se abre dejando caer la mandíbula inferior a peso mientras el corazón de Jack se convierte en una canica bajo el espantoso sonido de un aterrador alarido.

    Luego, todo se vuelve negro.

    Como si alguien pudiera controlar el volumen de lo que Jack oye alrededor, comienza a oír de nuevo el sonido de la lluvia golpeando el techo de la taberna, muy suavemente al principio, hasta alcanzar al poco su magnitud habitual. Luego, Jack parpadea y vuelve a encontrarse sentado en la taberna, mirando el plato decorativo. Mueve la cabeza alrededor, como queriendo comprobar que la realidad es la realidad, y no cualquier otra cosa diferente. Crod y Moritz están mirando a la puerta. El tabernero lo hace con los ojos muy abiertos y expectante. Moritz lo hace con toda la atención de la que es capaz, que no es demasiada.

    September 26

    ...

     

    A veces en vez de pelo quisiera tener plumas. Y que mis brazos fueran membranas que sujetaran unas alas firmes, de apariencia sutilmente demoníaca, pero elegantes. Pienso que eso me serviría para volar. Luego pienso en que tengo dos brazos y dos piernas espléndidas, y pienso en un tullido que me observa y se dice a sí mismo: “me gustaría tener ese par de piernas fuertes, capaces de andar y correr, y saltar. O esos dos brazos capaces de hacer tantas cosas, de levantar una caja de madera, de acariciar la piel de alguien querido.” Y entonces me da por pensar que si tuviera alas, y supiera volar, querría tener escamas y aletas, y poder respirar y moverme con desenvoltura debajo del agua.

    August 22

    Mañana accidentada

     

    Había llovido aquella noche. Loscuerdos presentaba al amanecer un aspecto mojado, tal y como se espera después de una noche de lluvia. Los pájaros comenzaban a piar y los gatos desaparecían entre las esquinas. Tago abría con dificultad los ojos de cuyos párpados le parecía que colgaban piedras terriblemente pesadas. El sonido del despertador era detestable. Se levantó como pudo y dando tumbos lo consiguió apagar haciéndolo caer contra el suelo. Eso lo acabó de despertar del todo, ¿lo habría oído su madre?

    Se quedó con los ojos muy abiertos esperando el aterrador sonido histérico con el que comenzaban las broncas de Madre…

    No sucedió nada.

    Aliviado, recogió con precaución el despertador del suelo y lo volvió a colocar en su lugar. Luego abrió la ventana de su cuarto y frotándose el ojo izquierdo con el nudillo echó una ojeada al panorama de la calle.

    Fuera estaba Bopp, el panadero. Había salido a dar un madrugador paseo antes de que amaneciera, mientras todavía llovía un poco. Ahora parecía dirigirse ya hacia la panadería, no debería tardar en abrir. De hecho, Tago pensó que debería estar cocinando el pan en ese momento y no dando vueltas por ahí. Lo observó con disimulo hasta que desapareció en poco rato.

    Le vino un bostezo. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Echó unos pocos cereales en un cuenco y añadió leche, luego se sentó a comérselos. Mientras los removía estuvo pensando en Bopp. Había algo en Bopp que le llamaba la atención a Tago, pero antes de que le diera tiempo a descubrir qué era un estrépito enorme le despistó. Tago se acercó corriendo a la ventana de la cocina.  

     

    Quien estaba fuera, intentando levantarse de entre el montón de jarras, vasos y demás utensilios de taberna rotos que le rodeaban era Moritz.

    Moritz tenía su casa cerca de la casa de Edrum, que estaba en la parte baja de Loscuerdos. En Loscuerdos casi todo lo importante, es decir, alimentación, entretenimiento y, sobre todo, bebida, quedaba en el centro del pueblo, que estaba a una altitud más elevada que la casa de Moritz.

    Esto tenía sus ventajas, como por ejemplo el ir a comprar. Uno subía la cuesta ligero y a su ritmo, y luego cargado de bolsas la cuesta abajo hacía todo mucho más llevadero. Aunque para lo que era verdaderamente útil era para las noches, al acudir a la taberna.

    Moritz solía usar su vieja bicicleta para subir a la taberna. Esto hacía que al llegar, tras subir la cuesta, Moritz tuviera una sed lo bastante importante como para beberse la primera cerveza precisamente por el placer de beberla, no sólo por olvidar penas. Todas las siguientes, por desgracia, sí que las bebía sólo por olvidar penas, o en su defecto, simplemente para emborracharse; y solía haber muchas siguientes.

    Pero también para esto era envidiable la situación de su casa. Cuando al final de la noche Moritz comenzaba a tener menos control sobre sus pies que sobre su cerebro, habiendo perdido el control sobre su cerebro unas dos o tres horas antes, la cuesta venía de maravilla para hacer rodar las ruedas de su bicicleta sin necesidad de una sola pedalada, llevándolo sin pérdida hasta su casa. Las llegadas son otra historia, y de todas ellas se podría escribir mucho, pero basta con decir que, de momento, ninguna ha podido acabar con nuestro amigo Moritz.

    Alguna le ha hecho replantearse su situación con la bebida, pero nada que no haya solucionado con una buena jarra de cerveza.

     

    De manera que ahí estaba Moritz. Levantándose de entre los escombros, como un héroe se levanta de entre un montón de ruinas, sólo que sin ningún tipo de gloria.

    De dentro de la taberna llegaba una voz potente. Al principio suave y creciendo por momentos, pero potente en todo momento.

    -¡Saco un momento la pequeña estantería para pasar la escoba y el memo de Moritz tiene que cargársela!, ¡Moritz, como sigas fuera cuando salga te voy a arrancar las piernas de pato que tienes, me oyes?!

    Mientras decía esto, Crod el tabernero se dirigía a la puerta escoba en mano.

    Cuando abría la puerta, a Moritz le había dado tiempo de coger su bicicleta y de intentar montarla sin éxito dos veces. Cuando oyó el sonido de la puerta abriéndose, sintió una extraña fuerza provisional que le permitió montar, darse impulso y dejarse caer cuesta abajo.

    -¡Maldito, ya volverás mañana, ya! –gritó Crod alzando la escoba.

    -¡Mad… glub, mañana dhe lo pagho, Cdod! –gritó Moritz desde lo lejos.

     

    Tras esto, Tago se percató de que sus cereales estaban empezando a quedarse blandos, y se sentó de nuevo a comérselos. Pensó en Moritz, que le pareció un personaje muy gracioso. Luego pensó de nuevo en Bopp. Y un poco más tarde se disponía a pensar en otra cosa cuando se dio cuenta de que hacía tres minutos que debía haber salido de casa.

    En ese momento, Bopp acababa de hornear la primera tanda de barras, Crod recogía el estropicio que había causado Moritz, y Moritz intentaba desprenderse de sus botas para meterse en la cama, lo que aún le llevó un rato relativamente largo.

    June 05

    Fred

     

    Ese martes, Ath se encontraba ordenando los libros de la sección de enseñanza. No sabía cómo ocurría, porque tampoco tenía muchos clientes a los que echarles la culpa, pero siempre acababan mezclados unos con otros, especialmente los de leyes de la física con los de poesía.

    Si Ath tuviera un mínimo sentido del humor se hubiera dicho para sí que quizá es que les apetece aprender unos de otros, en vez de permanecer durante toda su vida útil convencidos de que el contenido de cada uno es lo único que puede existir y nada más, pero Ath no tenía un mínimo sentido del humor, y de hecho, podría decirse tranquilamente que la mayoría de los días a Ath la palabra humor le sonaba extraña y lejana, por lo que de mala gana volvió a colocar los libros cada uno en su lugar correspondiente, rodeados de sus entendidos compañeros con los que podrían mantener conversaciones quizá no muy enriquecedoras, pero de seguro cargadas de sapiencia y de esa sensación tan agradable que le recorre a uno cuando en una conversación se sabe absolutamente conocedor de todos los datos, detalles y dudas planteadas por los demás participantes.

    Así que Ath colocó los libros de literatura con los de literatura, los de física con los de física, y se disponía a colocar los de filosofía con los de filosofía cuando una importante duda acerca de su vida y su trabajo se le presentó sin avisar justo en medio de la cabeza.

    Si trazásemos una línea recta desde un oído al otro y le hiciéramos una marca exactamente en el centro, justo ahí quedaría la idea que le vino a Ath, sólo que un poco más arriba, más o menos a la altura de las cejas.

    Ahí pareció plantarse la idea pero es que además tenía un efecto parecido a cuando haces presión con el brazo hacia arriba impidiendo con la otra mano que suba y luego lo dejas relajado, que empieza por sí solo a moverse lentamente hacia arriba sin que tu cerebro se lo ordene, pues algo así sucedía con la idea, que ya estaba casi a punto de chocar contra su cráneo cuando Ath oyó repiquetear las campanitas de la puerta, que debieron asustar a la idea haciéndola huir, y Ath se encontró de repente a sí misma mirando la portada de un libro viejo completamente abobada, de un modo parecido a cuando te levantas por la mañana y sentado en la cama bostezas y te quedas mirando la ventana con los ojos muy abiertos, como si estuviera ocurriendo ahí Dios sabe qué.

    Quien había entrado era Fred. Fred de Alfred, no de Freddie. Si bien Freddie es ya de por sí un diminutivo de Alfred, a Fred no le gustaba que se siguiera ese orden: Alfred-Freddie-Fred. Prefería pensar que: Alfred-Fred, y si acaso en última instancia Freddie, pero si se obviaba la última instancia mejor, porque Freddie no le gustaba nada como nombre, y siempre tenía que estar aclarándolo. Fred de Alfred, preferiblemente Fred sin explicaciones, y ya está.

    Fred era un tipo extraño entre la gente de la aldea, lo que significa que hablamos de un nivel de rareza muy grande. Quiero decir, que en Loscuerdos todo el mundo resultaba extraño a los ojos de los demás, pero si se hubieran juntado todos para decidir por unanimidad quién era la persona más extraña de Loscuerdos, de seguro le habría tocado a Fred llevándose el cien por cien de los votos, principalmente porque con mucha probabilidad Fred ni siquiera habría asistido a la reunión.

    Para entender algo mejor lo extraño del conjunto Fred-Aldea, podríamos decir que Fred era tan extraño como una gominola pica-pica dentro de una macedonia de tapones de corcho.

    Esto era principalmente debido a que Fred era una persona nerviosa, muy nerviosa, no podía parar quieto. Estaba siempre moviendo los dedos de las manos como si tuviera pegados a ellos dos teclados Casio invisibles, o golpeando alternativamente con la parte delantera de los pies en el suelo como si llevara el ritmo de una batería de doble bombo, o meneando la cabeza mientras su mirada recorría los objetos de su alrededor y tarareaba para sí frenéticas melodías a caballo entre lo infantil y lo psicótico.

    Todo esto, mucho más y un poco de la siempre necesaria leyenda regional hacían el resto, y es bastante comprensible que a Fred no le tuvieran mucha estima allá por Loscuerdos.

    -Bu… buenas, Ath –dijo Fred, intentando calmar los pequeños espasmos de su cuello.

    Ath contestó de mala gana, mientras colocaba el libro viejo en el lugar que le correspondía.

    -Buenos días. -después bajó de la escalera corrediza y se dirigió hacia el mostrador-. ¿Puedo ayudarte en algo?

    La pregunta sonó más a fórmula aprendida a través de los años que a interés real.

    -Pues verás, Ath, estoy bu… buscando un libro. “El Destino Elegido” de Thery Graud, creo que lo he dicho bien. No sé si s… será posible.

    -Aguarda un momento –dijo Ath casi interrumpiéndole, y se dirigió hacia una enorme fila de libros en la parte trasera de la librería.

     

    Hemos notado ya que en Loscuerdos se acostumbraba a tener un gran problema por persona. Para entender un poco mejor, si es que se desea, por qué Fred buscaba precisamente ese libro y no otro cualquiera como, por ejemplo, “La piedra mágica de Trino”, que era un libro que se estaba vendiendo muy bien y del cual a Ath le habían llegado decenas de ejemplares de los que tenía todo un stand a rebosar al lado del mismo mostrador, por lo que no se hubiera visto obligada a caminar hasta la parte trasera de la librería para buscarle el libro a Fred, que por otra parte a saber si es que disponía de él, debemos hablar más en profundidad del gran problema particular de Fred.  

    A Fred le ocurría que nunca estaba donde quería estar. O para ser más precisos, le sucedía que quería estar siempre donde no estaba.

    Este es un problema bastante grave porque hacía a Fred moverse continuamente de aquí para allá. A veces se levantaba del sofá porque le apetecía estar en la cocina, pero a lo mejor al llegar a la cocina se daba cuenta de que en realidad donde quería estar era dando un paseo por la entrada del bosque cercano a la aldea, así que metía una manzana y una cantimplora con agua en el zurrón y partía hacia allí, pero mientras se encontraba yendo hacia el bosque se daba cuenta a mitad de camino de que, más que ninguna otra cosa, lo que le apetecía era estar sentado en el sofá de su casa.

    Fred había considerado la posibilidad de quedarse en la cama durmiendo por las mañanas y no levantarse para evadir esa incómoda sensación, pero claro, eso hubiera dado resultado si el problema de Fred hubiera sido cualquier otro, y no precisamente ese. De hecho, rara vez podía dormir bien del todo porque cuando al final del día, comprensiblemente ya muy cansado, se tumbaba en la cama, le sucedía que no era ahí donde quería estar, ocurriéndosele entonces decenas de lugares donde preferiría estar antes que tumbado en la cama.

    Así que el pobre acababa de los nervios.

    Es por eso también que Fred debía ser el único habitante de Loscuerdos que no había nacido en la aldea. Había llegado a ella unos cuatro años antes, emigrando de la ciudad en la que residía entonces debido a su constante deseo de estar siempre donde no estaba. Solía hacer eso, permanecía un tiempo en un lugar y cuando sus nervios estaban a punto de estallar emigraba a otro lugar desconocido para probar suerte.

    Algunos dicen que Fred tenía alma de asceta. Un grupo más amplio de entendidos asegura, sin embargo, que Fred simplemente era un tarado; argumentando que los ascetas que viajan al menos disfrutan de los lugares en los que permanecen.  

     

    Fred se había puesto a toquetear unos libros cercanos al mostrador cuando Ath volvió de la parte trasera de la librería.

    -No está ese libro –gritó Ath desde lo lejos (todo lo lejos que cabe imaginar en una librería de una pequeña aldea) mientras se dirigía hacia el mostrador de nuevo.

    Fred parecía un poco decepcionado, pero tampoco todo lo que cabría esperar de alguien tan nervioso como Fred.

    -Oh, vaya… -dijo-. Bueno, lo hab… lo había supuesto, no parece un libro muy conocido. ¿Sabes de todas formas si lo tendrás… más adelante?

    Ath le miró como si le fuera a decir algo que Fred ya debería saber, como los padres cuando ya sutilmente enfadados le dicen por enésima vez a su hijo que los zapatos voladores no existen y que hay una probabilidad mínima de que se inventen.

    -No puedo saberlo –dijo.

    Ath no mentía, el proveedor de la librería traía siempre lo que le daba la gana. Era una de las gracias que tenía la librería, que nunca sabías con qué te podías encontrar, lo que a Ath le parecía una buena manera de ganar clientes, pues aunque no le gustaba mucho tratar con ellos al fin y al cabo eran quienes le daban de comer.

    Fred bajó un poco la mirada.

    -Bu… bueno, entonces ya iré pasando –dijo-. Gracias, Ath.

    -Hasta luego, Fred.

    Ath había sentido un poco de pena por Fred justo antes de despedirse de él, aunque todavía no había conseguido saber por qué.

    Luego volvió a subirse a la escalera corrediza para acabar de ordenar los libros y se dio cuenta de que estaban otra vez todos mezclados.

    -¡La madre que me…! Mierda… he debido desconcentrarme tanto en ese momento que los he colocado sin prestar atención.

     

    Y eso ocurrió la mañana de aquel martes. Claro que esto sucedió mucho antes de que ocurriera lo que ocurrió, pero nos ha venido muy bien para conocer un poco mejor a Ath y sobre todo a Fred. Y lo que ocurrió os lo puedo contar el próximo día.

    May 27

    Edrum

     

    Edrum tenía un problema con los números. No los llevaba muy bien.

     

    Era una típica persona de las que da un montón de dinero al panadero confiando en que le devuelva el cambio correcto. Dado que Edrum sabía que el panadero estaba loco, procuraba la noche anterior dedicar unos minutos a preparar el importe exacto y así evitarse problemas, pero esto no lo hacía siempre y muchas veces lo dejaba a disposición del destino. Al fin y al cabo, si era su destino perder unos cuantos céntimos poco había que hacer contra él. Edrum era muy creyente de lo suyo.

     

    Lo suyo no era una religión reconocida ni nada que se le parezca. Eran cuatro conceptos básicos que le había enseñado su padre cuando era pequeño, y eran los siguientes:

     

    “Tratar a los demás como uno quiere que le traten”

    “Tratarse a uno mismo igual que se trata a los demás”

    “Si las cosas van bien, aprovecharlo para aumentar la autoestima”

    “Si las cosas van mal, confiar en que el destino tiene un camino adecuado para cada uno, y tener presente que no se puede cambiar”

     

     

    Edrum se esforzaba sobremanera en vivir de acuerdo a esos cuatro preceptos, pero nunca lo conseguía del todo. Pensándolo en frío, el motivo es obvio:

     

    1) No puedes tratar a los demás como tú quieres que te traten si tienes la absoluta certeza de que están como una cabra.

     

    2) Si te tratas a ti mismo de la misma manera en que tratas a los demás lunáticos, al final te acabas sintiendo tan lunático como ellos.

     

    3) A un lunático las cosas nunca le van bien.

     

    Por lo tanto, Edrum sólo podía seguir a pies juntillas el cuarto precepto de su padre y confiar en que el destino le hacía seguir un camino adecuado para él, aunque nunca se llegase a encontrar muy a gusto con él. Por eso muchas veces no se molestaba en preparar el importe exacto de la barra de pan. Era una tarea innecesaria y además le quitaba tiempo para pensar en lo que realmente importaba, es decir, sus verdaderos problemas.

     

    Edrum tenía un serio problema con sus problemas, lo que sumaba un problema más a toda la larga lista de problemas con los que ya contaba. O quizá se tratase de una corta lista de problemas con los que todavía no contaba, pero así y todo ya debían ser demasiados como para no tenerlos en cuenta. Y es que el mayor problema de Edrum era precisamente ese: saber el número de problemas que tenía. Como tenía tan poca facilidad para los números, nunca conseguía enumerar más de tres, y al pasar al cuarto perdía la cuenta y tenía que volver a empezar. Os podéis imaginar el problema que es esto…

     

    -Hijo –le había dicho su padre en una ocasión –cuando te enfrentes a un número de problemas en tu vida tan grande que creas que vas a desfallecer, simplemente recuerda esto: debes enumerar tus problemas uno por uno y tratar de ponerles solución, sin prisa alguna. Así, un día de repente descubrirás que los problemas han desaparecido como por arte de magia.

     

    Y, sí, Edrum siempre había tenido presentes esas palabras y se esforzaba como nadie puede imaginar en resolver sus problemas. Se esforzaba con toda su alma. ¿Pero cómo se iba a poner a resolverlos sin ser capaz siquiera de enumerarlos primero? ¡Eso era un disparate! De esa manera podría ocasionarse un caos tremendo: quedarían problemas a medio solucionar que originarían problemas nuevos, y se formaría una anarquía de problemas campando cada uno a sus anchas y haciendo lo que les viniera en gana creando todavía más problemas que a su vez generarían más problemas en un bucle interminable, y eso era muy peligroso sobre todo porque Edrum no sabía de qué cantidad de problemas disponía inicialmente…

     

    Por eso Edrum se esforzaba cada día más y más en hacer un recuento de sus problemas, jamás perdía la fe en las palabras de su padre. Pero desgraciadamente sus esfuerzos eran en vano, y cada noche se acostaba pidiéndole un poco más de tiempo a su destino, rogándole que llevara las riendas de su vida un día más, hasta que fuera capaz de enumerar sus problemas y ponerles fin de una vez por todas.

     

    Y ese era el mayor problema que tenía Edrum, que no es que guarde gran relación con lo que ocurrió, pero es interesante conocerlo.

     

    Lo que ocurrió os lo contaré el próximo día.

    May 22

    Ath

     

    En la aldea de los cuerdos había un tipo que no dejaba de preguntarse cada minuto dónde estaba su pasado. Le daba por pensar muchas veces en su primer recuerdo, intentando ir más allá, pero nunca tenía suerte. Su primer recuerdo era concretamente un día en el que fue a la peluquería a los cinco años, seguramente porque le hicieron una escabechina brutal en la cabeza. Toda la aldea estaba de acuerdo en que le quedaba muy bien ese corte, pero como él sabía que estaban todos locos, no se lo creyó. El caso es que, aunque no muy afortunado, ese era su primer recuerdo, de allí para abajo no había nada en el tiempo. Y él pensó que de esa manera nunca podría determinar su edad real. Claro, su primer recuerdo era en la peluquería, y a él le habían dicho que entonces tenía cinco años, pero… ¿y antes? ¿Qué sucedió antes? Teóricamente, no tenía mucha importancia, no podía haber pasado nada muy interesante en cinco años… probablemente nació, lloró unos meses, le dieron biberón, papilla, chupete, azotes, cuatro lecciones básicas con las que desenvolverse por la vida, y ya está, de repente aparece con cinco años. Pero si no lo recordaba, ¿quién le dice que no había nada detrás de eso? ¿Y si tenía siete años en vez de cinco?... ¿Y si tenía treinta? Puede que fuera ya un abuelo y él no lo supiera. Puede que hubiera tenido otra vida antes de ese día en la peluquería… quizá hubiera estado casado y tuviera hijos de los que no se acordaba. Y si no sabía quienes eran sus hijos… ¡podrían serlo cualquiera! ¿¡Y si sus padres eran en realidad sus hijos, y hubieran trazado un maquiavélico plan para tenerlo engañado el resto de su vida, diciéndole la hora a la que tenía que acostarse mientras ellos se quedaban viendo la televisión hasta pasadas las once, o incluso las doce!?... ¿qué había de todo eso? Y sobre todo ¿por qué nadie quería decirle lo que en realidad pasó?

     

    El pobre se veía torturado con estos pensamientos cada minuto, y aunque no vivía mal, no dejaba de ser una jodienda de la que se quería librar, así que un día decidió encerrarse en casa para pasar el resto de sus días meditando sentado frente al radiador, hasta que encontrara en lo más hondo de sus profundidades todos esos momentos perdidos, para así encajar todas las piezas y conocer la auténtica verdad sobre su vida. Y allí se quedó, durante largas semanas. Semanas que se convirtieron en meses, meses que se convirtieron en trimestres, trimestres que se convirtieron en una sucesión de trimestres que a los pocos meses se convirtieron en años, hasta que un día nadie en la aldea de los cuerdos lo recordaba. Por eso dejaré de hablar de él para explicaros un poco mejor como era la vida de Ath, que era la mujer que vivía en la casa de al lado.

     

    Ath se levantaba cada mañana a las siete en punto, sin despertador ni nada. Salía a comprar el pan, lo llevaba a casa y luego iba a trabajar a la librería. Al terminar volvía a casa, cenaba y se acostaba. Y así todos los días menos los sábados, que los dedicaba a leer algún libro o ver unas películas; y los domingos, que se los pasaba en el sofá pensando en que al día siguiente tenía que volver a la librería. Todo eso, claro, hasta el día en que ocurrió aquello.

     

    Pero lo que ocurrió os lo contaré el próximo día.

    May 20

    Una comida con los Pripen

     

    Ocurrió en una aldea en la que todo el mundo pensaba que el resto del mundo estaba loco. Y no como quien dice: -¡Ah, el mundo está loco!- y ya está, no. Por poner un ejemplo entendible, bajaban a comprar el pan y estaban irremediablemente convencidos de que el panadero y su esposa estaban como una cabra, y de que todos los que aguardaban cola detrás, también.  Es pura lógica que el hecho de pensar que el resto del mundo está loco, hace a uno inevitablemente cuerdo, por lo que se puede asegurar con total convicción que la aldea estaba llena de gente completamente en sus cabales, así que después de todo estamos hablando de una aldea normal, como cualquiera de las que has visitado a lo largo de tu vida. Y ocurrió lo siguiente, durante una comida en casa de los Pripen:

     

    Madre era una de esas personas que sabían lo que valía el pan y la leche, y no podía evitar enseñarle continuamente a su hijo, Tago, los modales correctos a la hora de comer. Principalmente porque eso es fundamental para el día de mañana, ¿quién sabe con qué tipo de gente se encontrará? Si durante una comida con la familia de su futura novia hace algo que llame la atención de los comensales, tal y como están las cosas, ¿quién podría decir que a uno de ellos no se le cruzará un cable y le clavará un palillo en el ojo a su querido hijo?... este tipo de cosas son las que hacen la vida más fácil, y Madre lo sabía muy bien. Por eso corregía continuamente a Tago… por eso y porque sabía que el pobre estaba como una chota, así que nunca estaba de más repetírselo todo más de cuatro y cinco veces, a ver si se le quedaba grabado en el subconsciente y le ahorraba un futuro ojo de cristal, o algo peor. Pero Tago tenía la puñetera manía de comerse la carne con tenedor, y a Madre no le gustaba:

     

    -Tago, cuida con el tenedor.

    -Cuido, Madre. – y seguía comiendo sin prestar demasiada atención el muy chulo.

    -Tagoooo….

    -¡Si lo estoy cogiendo bien, Madre!

    -¡Pero sigue siendo peligroso, Tago!

    -Cht… -Tago enseguida se ponía de morros, pero intentaba no enfadarse, al fin y al cabo era consciente de que su madre era esquizofrénica, y bastante tenía con lo suyo la pobre. –¿Y entonces, qué?... -dijo. -¿Cómo como?

    -Está mal repetir palabras en una frase, Tago, no es correcto. Y aún peor dentro de una misma pregunta. Anda, come y calla…

    -Pues sí… - Tago no pillaba por qué su madre le decía eso en casos similares, pero todo lo atribuía a su enfermedad. Siguió comiendo intentando olvidar el tema.

    -¡Tago!

    -¿¡Ahora qué!? – dijo él.

    -¡¡El tenedor, cojones!! – después de esto Madre miró al suelo unos segundos tapándose la boca con dos dedos. No le gustaba decir tacos, no estaba bien. Además era un tono muy duro para un niño con problemas mentales. –Perdona, Tago, no quería ponerme así… ¡pero es que no atiendes a nada! Lo que quiero que entiendas es que lo mejor es que comas sin tenedor. Es lo más práctico.

    -¿Pero por qué?

    -Porque te puedes sacar un ojo.

    -Cht…

     

    Y así era una comida familiar en casa de los Pripen. Luego estaban Padre y Grid, la hermana de Tago, pero normalmente se dedicaban a comer sin levantar la vista del plato y, la verdad, nadie hubiera apostado mucho a que se enteraran realmente de lo que estaba pasando. Como todo el mundo estaba loco, poco importaba lo que hicieran los demás mientras a uno lo dejaran en paz. Pero el caso es que esto no fue lo que ocurrió.

     

    Lo que ocurrió os lo contaré el próximo día, porque ahora me voy a cenar.

    January 24

    ...

     

    Pensar está bien. Bueno, no, pensar no sirve para nada, pero es entretenido. Tener una pistola en la mano debe ser toda una sensación, pero una pistola sirve únicamente para disparar, y disparar es un acto que implica violencia por sí mismo, aunque dispares al aire. No me gusta comer pollo y no sé muy bien por qué. No le tengo muchos ascos a un filete de ternera o de lomo de cerdo, pero el pollo me resulta desagradable, aunque cortado en pechugas no me supone mayor problema, es más bien cuando me ponen una pata de pollo delante. Hay que arrancarlo del hueso, lo cual como animal debería gustarme porque se supone que forma parte de nuestro instinto, pero no me gusta. Por otra parte me encanta desgarrar materia muerta siempre que no haya estado viva nunca, como una sábana. Es una sensación agradable.

     

    Los artefactos electrónicos son disciplinados, siguen unas pautas. No preguntan por qué, aunque tampoco unas tijeras preguntan nada, pero unas tijeras tienes que tenerlas en la mano para hacerlas funcionar y un ordenador puede trabajar por sí mismo. Y hace exactamente lo que le dices sin cuestionar nada. Me gusta el orden y la disciplina, quizá porque no soy ni ordenado ni disciplinado, o por lo menos no constantemente. Me gustan los ejércitos, el deber y, cuando me acuerdo del pueblo y de mi infancia, los sentimientos patrióticos. Me gustan las armas y las ruinas. Concretamente el fusil mauser 1916 me intriga sobremanera, es un rifle que fue muy usado en la guerra civil por ambos bandos. Seguramente mi abuelo empuñó uno de esos. Mi abuelo combatió con los nacionales, aunque no sé gran cosa. Me hubiera gustado conocerlo. Me hubiera gustado conocer también al Power Ranger azul, que me parecía un tipo bastante interesante, pero claro, los Power Rangers eran una serie de televisión supongo que ficticia, porque si no no me explico como podían moverse esos robots gigantes entre tantos edificios sin provocar daños graves… o se iban a las afueras para combatir?... ahora no lo recuerdo bien, pero en cualquier caso la verdad es que me hubiera gustado más conocer a mi abuelo que conocer al Power Ranger azul, que también, pero en otro orden de cosas.

     

    Me gustan también los objetos antiguos, los cachivaches. Cuando salí de ver Aladdin estaba verdaderamente hechizado por la lámpara mágica, el dibujo de la lámpara me parecía hipnótico, agradable y misterioso a la vez. Cuando llegué a casa usé algo que había por ahí y me imaginé que era una lámpara… no recuerdo qué era pero seguramente no se parecía mucho, yo soy de la opinión de que un disfraz patético es más disfraz que uno muy bien hecho si el que lo lleva es buen actor, y en mi imaginación el cachivache hacía de lámpara muy bien, oye. Una vez se me antojó que un pececillo quedaría bien en mi cuarto, pero en una pecera pequeñita, acogedora, como la de Cleo en Pinocho. Es lógico que para un capricho de dos días mi madre no estaba por la labor de comprarme un pez, de hecho es tan lógico que ni siquiera le pregunté; cogí una arielita de las de antes, que eran una monada, la llené hasta la mitad de agua y le metí un tape de boli bic azul. La arielita la verdad es que daba el pego como pecera, aunque era una pecera enana, claro, pero a mí me parecía muy graciosa. Lo que si que no había por dónde pillarlo era el tape, que como pez dejaba bastante que desear… para los demás. Para mí el invento estaba perfecto, y de hecho se quedó por el cuarto un par de días o tres. Mi madre supongo que no lo vería, porque no dijo nada, aunque también puede ser que lo viera y le hiciera gracia… de todas formas, nunca le dije que quería un pez así que si lo vio y le hizo gracia significa que el invento no estuvo del todo mal.  Tiempo más tarde paseando por un mercadillo de objetos “extraños” creo que por la Gran Vía, vi en uno de los puestitos una lámpara de aceite de verdad, y quedé prendado. Mi madre me la compró porque mi madre ha sido siempre muy buena con mis caprichos espirituales, que no con los caprichos en general, aunque de todas formas si me hubieran mirado a los ojos en ese momento cualquier persona de las que pasaran por allí me hubiera comprado la lámpara sin conocerme de nada. Ese día me compró mi madre también una tortuguita de esas doradas con las patitas sueltas metidas en una cajita pequeñita pequeñita, me acuerdo bien. No sé que compramos primero, si la tortuga o la lámpara, o si las compramos al mismo tiempo, pero sé que fue ese día, en los puestos. Los puestos tenían algo difícil de explicar, como si no estuvieran en la ciudad, como si no estuvieran en el mismo mundo. Como un lugar mágico apartado de lo cotidiano. Aunque para mí, siempre parecía todo ser un lugar mágico apartado de lo cotidiano. Seguramente, más que nada, añoro eso.

     

    A mi madre y a mí nos han gustado mucho siempre los Todo a Cien. Cuando me refiero a ellos recordando mi niñez me gusta decirles Todo a Cien porque se llamaban así, y porque en los Todo a Cien es donde viví momentos maravillosos. Luego en los Todo a un Euro a mi me pilló ya en plan rebelde wey intentando alejarme de la inocencia, y para cuando se empezaron a llamar “los chinos” hace cuatro días pues ya ni te cuento. Los Todo a Cien eran una maravilla. De pequeño me gustaban los juguetes, como no, los muñecos y los cacharritos y todo eso. Pero me gustaba mucho también cualquier otro tipo de cosas como figuras decorativas, jarrones y tazas. Con las tazas mi madre y yo hemos tenido siempre algo muy interesante, nos gustan todas. De hecho, más de una vez hemos comprado tazas que no hemos usado más que la primera semana, y que posiblemente acabaron en la basura por falta de espacio para más tazas. Cualquier tipo de trasto inservible era también objeto de mi interés, y cuanto más inservible y más inútil tanto mejor. Porque cuando te compras algo que sirve para una cosa lo utilizas para esa cosa que sirve y ya está, pero cuando te compras algo que no sirve absolutamente para nada puedes hacer con ello todo lo que te propongas. Un mundo nuevo de posibilidades… aunque también es cierto que muchas cosas se quedaron en el baúl esperando ser usadas. No importaba, gran parte de la magia estaba en elegir esas cosas, en observarlas y desearlas.

     

    Por eso debe costarnos tanto tirar las cosas aunque ya no las usemos, o incluso aunque nunca las hayamos usado. Incluso debe costarnos más tirarlas precisamente porque nunca las hemos usado.

     

    Incluso…

     

    A veces cuando repito mucho una palabra en mi mente empieza a perder significado y se queda como un conjunto de letras. De pequeño lo hacía con mi nombre. Me miraba al espejo y me decía mentalmente: “ese es Daniel. Ese eres tú y te llamas Daniel.” O algo parecido.

     

    Es muy extraño hacer eso porque empieza a perder significado toda tu persona. Daniel empieza a convertirse en una palabra vacía, en un conjunto de letras, y acabas por no poder asociarla a lo que ves en el espejo. Luego te quedas mirando tu imagen y ésta empieza también a desvanecerse. No digo que se desvanezca visualmente, claro, sino desvanecerse de una forma simbólica. Cada vez todo tenía menos sentido, tu nombre por un lado no era más que una palabra, tu imagen por el otro era algo que estaba ahí pero que no tenía nada que ver contigo, y detrás de las dos cosas, por fin separadas, estabas tú… Es decir, yo; tú estarías haciendo alguna otra cosa o simplemente, no estarías. Pero yo acababa de descubrir lo que los cristianos llaman la Santísima Trinidad, claro que a mi manera. La Santísima Trinidad es como un pack de oferta, que dice que hay un Dios pero te venden los tres en uno, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Todo eso es Dios, no los puedes separar. De ahí el triángulo con el ojo, si fueran cuatro sería un cuadrado, y en el caso de los romanos o los egipcios, supongo que hubieran tenido que hacer un icosaedro por lo menos, pero era diferente porque en esos casos los dioses sí estaban separados y no iban todos en un pack. En realidad no tenía nada que ver mi experiencia con la Santísima Trinidad, pero uno es libre de montarse la película que quiera. Además, la Iglesia ha estado diciendo toda la vida que Dios está en todas partes, por lo tanto yo puedo ser Dios sin ningún problema ético, moral o de derechos de autor.

     

    Claro que la Iglesia también ha dicho siempre que Dios es amor… Esto no cuadra del todo. Si Dios es amor, y Dios está en todas partes, algo no está del todo bien porque una bala forma parte de “todas partes” y no contiene una pizca de amor. De todas formas, como he dicho antes, cada uno es libre de montarse la película que quiera. Pensar está bien porque uno llega a ciertas conclusiones interesantes. El problema es que cuando te pegas una temporada pensando mucho, al final quieres obtener las conclusiones antes de pararte a pensar en las preguntas y lías un zipizape de miedo. Por eso a veces, cuando llevas una temporada pensando mucho, lo mejor es escribir un texto hablando de lo que te vaya viniendo al coco sin pensar en si resulta épico, interesante o en si lo que dices es La Verdad o no. Escribir, simplemente... y cuando te canses, pues te has cansao. Y ya está.

    January 14

    Del Arte

     
    Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla.
     
    Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla.
     
    Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla.
     
    Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla.
     
    Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla. Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla.
     
    Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla.
     
    Bla, bla, bla bla bla, bla bla, bla, bla. Bla bla bla, bla bla, bla bla bla bla. Bla, bla, bla, bla bla, bla, bla bla bla, bla bla... bla bla, bla bla bla.
     
    Bla bla bla bla, bla bla bla, bla, bla bla bla bla, bla bla, bla.
     
    ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    Bla, bla bla bla...
     
    Bla.
     
    December 19

    Informe Imaginario

     
    Tras cerca de cuatro horas leyendo todas las monerías que he escrito en mi blog desde que fue creado hace ahora poco más de dos años, he tenido lo que Jules dice que los alcohólicos llaman un momento de claridad. Es el momento de hacer un análisis objetivo de todas las sensaciones que me deja mi pasado, resumidas en cinco conclusiones básicas que sin más demora enumero a continuación:
     
    _________________________________________________________________________
     
    Lista de Conclusiones
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    I- La frase que gobierna el blog situada justo debajo del nombre oficial del mismo ya no me representa. Pero se queda donde está por dos motivos:
     
    1) Porque me mola.
    2) Porque puede venirle bien a algún viajero virtual aburrido de su vida.
    3) Porque cuando decidí el título del blog me prometí no modificar su contenido jamás de los jamases. De esta manera, si un día me dejaba de representar lo que tendría que hacer es cambiar yo, y no el título. Es el caso que nos acontece.  
     
    Respecto a la pregunta que te estás haciendo ahora mismo, la respuesta es no. Soy de letras imaginarias. 
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    II- Empecé el blog siendo algo idiota y al poco tiempo Dios me pegó con el nudillo en el cogote y me salvó el pellejo. De ahí que los archivos contenidos en la transición 2005-2006 tengan tanta profundidad mística para ti, y nostálgica para mí. Fue un espacio de tiempo muy bonito pero luego me volví idiota del todo, y esta vez Dios no parece tener ganas de llamarme la atención de nuevo. Así que, hasta nueva orden, dichos escritos de corte naif tampoco me representan ya.
     
     ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    III- Los escritorios no se diferencian por el color del pelo. 
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    IV- Muy pocas veces escribo pensando en alguien concreto porque entonces no sé hacer entender lo que quiero expresar. En términos generales, cuando escribo pienso colectivamente, no individualmente, aunque también suele haber alguien a quien gran parte de lo que escribo va especialmente dirigido dentro de la masa restante. De esta manera se consigue un doble efecto muy chuli:
     
    1) El escrito entretiene por igual a una gran cantidad de gente, por lo que mi autoestima como payaso se dispara hasta reventar el termómetro.  
     
    2) En los casos en los que el texto va dirigido a una persona concreta dentro de lo colectivo, se consigue el efecto añadido que mi amigo imaginario y yo denominamos "Bloqueo del Espejo". Esto consiste en que la persona lee el texto pensando que no tiene nada que ver con ella, y de esta forma asimila la información mucho mejor; pues bien sabido es que cuando uno lee algo sabiendo que se lo han escrito exclusivamente a él, no hace más que proyectar su mente en el texto y al final está leyendo vete tú a saber qué, en vez de lo que pone.
     
    No hace falta que le busques sentido a este punto IV. Es una mera formalidad diplómatica entre mi conciencia y yo. Sigue sin preocupación.
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    V- El blog necesita con urgencia una reforma intensa. Me he estado dando una vueltilla de vez en cuando por aquí pero hasta que no he ido habitación por habitación no me he dado cuenta de lo abandonado que está todo. De momento le he dado un repaso general arreglando ciertas grietas que se habían formado con el paso del tiempo y que enumero en una lista aparte a continuación.
     
     
    Fin de la Lista de Conclusiones. 
     
    _________________________________________________________________________
     
    Lista de Arreglos Básicos:
     
     
    1) Tras el trabajo ejercido por parte de las personas que actualizaron Msn Spaces hasta convertirlo en Live Spaces, las letras de las Listas Personalizadas empezaron a quererse más de la cuenta y se formaron palabras nuevas como "almenos" o "formade". Yo no estoy en contra del amor libre entre caracteres tipográficos siempre y cuando no interrumpan con ello mi comunicación escrita. Todas las erratas formadas en las Listas "Retórica Musical", "A mí me uta..." y "Mundos insospechaos a un click de distancia" han intentado ser revisadas y corregidas. No obstante, se agradecerá la colaboración del lector (en este caso tú) al advertir cualquier descuido por mi parte que pueda atentar contra su aguda y sensible mirada, dejándome para ello un mensaje que informe de la errata a corregir.
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    2) Un número preocupante de entradas permanecían todavía sin formar parte de ninguna categoría. Esto quiere decir que si no eran buscadas en el archivo temporal bajo el mes en el que fueron escritas jamás hubieran sido leídas. Todas ellas han sido redirigidas a una de las categorías ya existentes, añadiendo una nueva sección denominada "Ramalazos" en la que se han ido englobando todas aquellas entradas que, por su naturaleza, no tenían cabida en ninguna de las otras secciones.
    Debido al carácter espontáneo y surgido de un momento de lucidez que tiene esta entrada, este informe será archivado en dicha sección. Anexo: la categoría "Del día a día: pensamientos, reflexiones... un peñazo, vaya!!" puede no funcionar correctamente, siendo las entradas visibles sólo al marcar la opción "Resumen" dentro de dicha categoría.
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    3) Durante un tiempo me dio por añadir imágenes que me gustaban a los textos que escribía. La mayoría de estas imágenes provenían directamente de Internet, lo que quiere decir que en el momento en que esas imágenes ya no estaban disponibles bien porque su dueño las retiró, bien porque las retiró otra persona, o bien porque simplemente ocurrió un poltergeist en el enlace; la entrada quedaba sin imagen mostrando en su lugar un horrible cuadrado vacío con una pequeña cruz roja sobre fondo blanco en la esquina superior izquierda. Se han intentado detectar y eliminar dichas "no-imágenes" con el fin de hacer más agradable la lectura. Al igual que con las listas personalizadas se agradece la colaboración ante cualquier omisión por mi parte.
     
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------
     
    4) El Reproductor Windows Media ha sido eliminado en vista de su inutilidad, o de mi poca pericia ante sus complejas posibilidades, yo qué me sé. El cuadradito que advertía de qué era lo que estabas escuchando es igualmente eliminado porque Perogrullo lo dijo. De todas formas estoy en proceso de actualizar mis pobres conocimientos para poder ofrecer de nuevo el hilo musical original que caracterizó a los Sueños de Mandarina.
     
     
    Fin de la Lista de Arreglos Básicos.
     
    ________________________________________________________________________
     
     
    Conclusión Imaginaria.
     
    Pretende este informe recoger los propósitos de mejorar el contenido de los Sueños de Mandarina, devolviéndole la magia que perdió poco después de su creación al establecer su propietario límites cercando su propia imaginación, aunque en el mismo se entretenga en explicar cuestiones técnicas que poco tienen que ver con lo que acontece.
     
     
    El presente informe queda comprobado y hecho oficial a la hora 7:39 del día 19 de Diciembre de 2007
     
     
     
    Firmado imaginariamente:
     
     
    eL_sOmBrereRO_lºkº
     
     
    December 18

    Deep (Capítulo II)

     

    ¡Que no quiero!- dice. ¡Que no quiero!

     

    Y se pierde dando saltos entre un rosal.

     

     

    Luego se baña en un río de agua templada y se frota el cuello con un nenúfar.

     

    Y dice: -¡Que no! ¡Que no quiero!-

     

    Y sale desnuda corriendo entre los girasoles.

     

     

    Y se encuentra con un ganso de agua dulce que parece entretenido en el girar de un minuto.

     

    Cuando la oye, la mira y emite un bocinazo. Y ella abre mucho los ojos y sonríe con la boca cerrada y lo va a tocar.

     

    Y el ganso se repliega y ella grita: ¡No! ¡No quiero!

     

    Y se va corriendo de allí, hacia un campo de espigas amarillas.

     

     

    Cuando se cansa se tumba entre ellas y abre mucho los brazos. Y se pone a cantar una canción:

     

    “Salía el sol entre sus nubes…

     

    Y se ponía a describir…

     

    Como es la luna de noche…

     

    Porque de día nunca quiso salir.”

     

    Y de repente: -No quiero… ¡No! ¡No quiero!

     

     

    Y se levanta de un salto y se pone a correr otra vez.

    September 20

    El Maldito Microscopio

     

    Como animal racional correcto, reprimo mis instintos. Y paso el tiempo investigando qué dicen sus ojos. Así juego a ser científico, detective o pensador: analizando. Y luego confirmo teorías, levanto sospechas y me vuelvo a esconder para observar el siguiente paso. Así, mientras se lleva la mano a la nuca, realizo cálculos aritméticos. Luego la forma de tomar el café, y el modo de encender un cigarro. Con todo el material me sumerjo en el laboratorio y empiezo a leer. Compruebo teorías de ayer, especulo sobre las de mañana. Muchas noches me acuesto siendo consciente de la inutilidad de todo mi trabajo. Pero me pongo otra vez la bata de laboratorio al día siguiente, y continúo. Ella está haciendo lo mismo, a veces eso me invita a seguir experimentando. Pero son tantas fórmulas, tantas hipótesis… para algo tan sencillo… Y, sin embargo, no se consigue hacer por el camino fácil. Además, ¡qué diablos! Es divertido. Pero me apetece cuando estamos juntos acercar mis labios a los suyos, comprobar lo peligroso del experimento. Entonces pienso que puede ser malo precipitarse sin haber pensado bien en el resultado. En esos momentos desearía dejar de ser científico, para ser humano simplemente… pero nada, vuelvo a reunir material para analizar en el laboratorio. Me acuerdo muy a menudo del lobo de Hesse, que nunca aparece en los momentos en que a mi me gustaría. Si se dejara ver más de vez en cuando con ella…  qué absurdo sería todo este ir y venir, este prueba-error diario. Se darían por olvidados los ingredientes para llegar a la conclusión de todos los análisis, y lo más peligroso que podría pasar es que me quemara los dedos.  Dos semanas de reposo y como nuevo. Y, sin embargo, se prefiere todo el galimatías de la razón, todo el proceso de análisis y deducción, antes que correr el riesgo. Extraño es, sin duda, el comportamiento del animal racional. Me acuesto siempre pensando que quizá mañana el lobo sacará los dientes… o en que se habrá roto ese maldito microscopio...

    September 10

    La Sorprendente y Genial Alegoría de Eduardo (y de sus tres caballeros)

     

    Estamos en la Edad Media. En tiempos tan duros como corren, Eduardo ha decidido que no quiere ser ni campesino ni caballero, ha decidido ser juglar. No es algo que haya pensado como oficio, simplemente le llena mucho coger el laúd y cantar historietas que va contemplando por ahí. Así que Eduardo se pega diez años de su vida vagabundeando por aquí y por allá, viviendo con unos y con otros, cantándoles a unos lo que ha aprendido con los otros, y viceversa. Tiene problemas y dudas existenciales, como cualquier hijo del vecino, pero le va bien. Es bastante feliz.

     

    Seguimos estando en la Edad Media. En tiempos tan duros como corren, Pedro, Fernando y Alfonso han decidido que de mayores quieren ser caballeros. No es algo que hayan pensado como oficio, simplemente les atrae la idea de enfrentarse a desalmados malhechores y terribles dragones de los que escupen fuego, cortándoles la cabeza y celebrando sus victorias con grandes cenas en las que todo el pueblo alabe sus intrépidas hazañas. Así que se pegan diez años de su vida cabalgando por el mundo a la espera de encontrar ese desafío que les hará grandes y famosos. Pero Pedro, Fernando y Alfonso tienen un problema... El mundo no es tan peligroso como les habían contado, no hay tanto malhechor ni tanto dragón suelto por ahí y no tienen nada contra lo que empuñar sus nobles espadas. (Bueno, en una de estas encuentran un dragón enorme que atemoriza a todo un pueblo, pero deciden que es demasiado peligroso y se marchan a la espera de encontrar algo más asequible.)

     

    Un día, Pedro, Fernando y Alfonso encuentran a un grupo de gente arremolinada alrededor de un tipo que canta unas canciones muy bonitas, relatando lo que ha visto en sus viajes. Como muy bien has pensado, este individuo es Eduardo, el juglar. Se aproximan y se unen a la multitud que escucha atentamente las canciones de Eduardo. Pedro, Fernando y Alfonso no entienden mucho, pues Eduardo es una persona de mucho talento y escribe unas canciones un tanto sarcásticas, que entienden mejor las personas que están un poco por delante del tiempo que les ha tocado vivir (no es el caso de nuestros tres caballeros); pero se les ocurre casi a la vez una manera de sentirse útiles para los demás y así verse reconocidos de alguna manera por los suyos. Cuando Eduardo acaba su recital, la multitud aplaude emocionada y se dispersa poco a poco, hasta que sólo quedan Eduardo y los tres caballeros. Pedro, Fernando y Alfonso se acercan a Eduardo y elogian su creatividad. Eduardo les agradece las alabanzas muy cortésmente y coge su laúd dispuesto a seguir su marcha. Pero los tres caballeros le interrumpen y le proponen un pequeño negocio que, dicen, resulta interesante para él. Comentan a Eduardo que está desperdiciando el don que Dios le ha regalado y que ellos tienen la solución. Acompañarán a Eduardo en sus viajes y pedirán una pequeña cantidad de oro a todo aquel que quiera escuchar sus recitales. Como son caballeros fuertes y con cierto poder, Eduardo no deberá preocuparse de nadie que rechace la oferta, pues todo aquel que se empeñe en escuchar sin pagar será castigado duramente y obligado a marcharse después con viento fresco. Eduardo ríe y les agradece el interés, pero dice que él hace canciones porque le gusta y que se siente suficientemente recompensado cuando la gente se arremolina alrededor suyo y escucha sus canciones durante un rato. Luego se despide con amabilidad y hace ademán de continuar, pero los tres caballeros vuelven a interrumpirle. Parecen enfadados, dicen que Dios le ha entregado un don con el que poder ganarse la vida y que así lo quiere, y dicen también que no hacer caso de la palabra de Dios es sacrilegio y que harán como que no han escuchado tales palabras, pero que no quieren volver a oír semejantes comentarios saliendo de su boca. Eduardo les explica que no necesita oro a cambio de sus recitales para ganarse la vida, que ya va realizando pequeños trabajos allí donde va y que le es suficiente para vivir y componer, pero los tres caballeros han sacado ya las espadas y las tres apuntan firmemente al gaznate de Eduardo. Eduardo comprende que no tiene opción. Eduardo emprende la marcha cabizbajo seguido de los tres caballeros.

     

    Días más tarde llegan a un pueblo y Eduardo se dispone a dar uno de sus recitales en la plaza mayor. Mientras tanto, los tres caballeros han montado guardia alrededor de él y han dado aviso del precio por ver tocar a Eduardo. Eduardo comienza a cantar. Como siempre, Eduardo cierra los ojos y se deja llevar mientras toca el laúd. Permanece así durante todo el recital. Al cabo de una hora, Eduardo abre los ojos y despierta de su agradable trance musical para descubrir que en toda la plaza hay en total cuatro personas escuchándole, además de los caballeros. Por primera vez desde que empezó a tocar para los demás, Eduardo se siente terriblemente infeliz.

     

    Los días pasan y Eduardo marcha de aquí para allá, seguido siempre de sus fuertes benefactores. Las ocasiones en las que los caballeros tienen que sacar sus espadas para disuadir a la muchedumbre alrededor de Eduardo se hacen cada vez más constantes, las peleas entre los caballeros y la multitud que quiere escuchar a Eduardo aumentan alarmantemente día a día, y Eduardo experimenta cada una de estas situaciones con terrible ansiedad. Con el tiempo, Eduardo se queda poco a poco sin nada qué decir.

     

    Mientras tanto, en los pueblos de alrededor se va filtrando la noticia de unos temibles caballeros que protegen a un excelente juglar, y mediocres juglares de muchos pueblos empiezan a soñar con llegar a tener algún día semejante protección, con la que poder llevar una vida cómoda, sencilla y llena de placeres, recibiendo oro a cambio de cantar sus canciones. Un día, uno de estos juglares se encuentra con Eduardo y sus benefactores. Durante un recital de Eduardo, que por cierto son recitales cada vez más apagados y vacíos, el juglar paga lo correspondiente a los caballeros y aprovecha la ocasión para hablar con ellos. Les propone acompañar a él y más juglares que se han reunido en sus andanzas por el mundo, de la misma forma en que acompañan a Eduardo. Los caballeros meditan la proposición y deciden que puede ser buena idea. Los caballeros le dan la mano al mediocre juglar formalizando el pacto, el mediocre juglar sonríe, a Eduardo no lo escucha nadie.

     

    Al día siguiente los caballeros dan la noticia a Eduardo. A partir de ahora marcharán con el grupo de juglares y él seguirá el rumbo que desee. Eduardo parece recobrar la felicidad pero no le da tiempo, los caballeros le recuerdan las escrituras divinas y le dicen que estarán informados de lo que hace durante sus viajes mediante las gentes del lugar. Le prohíben dar recitales sin cobrar nada a cambio. Le aseguran que se encontrarán cada cierto tiempo y que reclamarán la parte que les corresponde. Eduardo les dice que si no van a estar con él, no pueden protegerle y, por lo tanto, no les corresponde parte alguna. Ellos dicen que la protección no es el asunto, que el asunto es La Gracia de Dios que le ha otorgado el poder de crear y que ya sabe el resto. Eduardo piensa que menuda Gracia, pero se calla. Después, los caballeros se marchan.

     

    Días más tarde, al grupo de juglares mediocres y a sus benefactores les va estupendamente bien. Pues estos juglares no tienen la visión de futuro que tiene Eduardo y cantan canciones que comprende fácilmente un pueblo entero, y saben como impresionar a la multitud para que pague la cantidad exigida a cambio de escucharlos; aunque sus recitales no transmiten a esta multitud ni un ápice de la emoción que transmitían los de Eduardo, aunque esta multitud no supiera concretar a qué era debida esa emoción. Eduardo mientras tanto recorre pueblos de aquí para allá, teniendo siempre en mente la amenaza de los tres caballeros aunque de vez en cuando se deja llevar y toca donde le viene en gana sin preocuparse de las represalias. Las canciones de Eduardo adquieren poco a poco tintes todavía más irónicos, criticando así la confusión que nota en su alrededor de una forma cada vez más sutil.

     

    Un día, Eduardo, medio trastornado por el trance en el que se encuentra después de dar el recital más emocionante de su vida en una plaza a los ojos de todo un pueblo, se encuentra con Pedro, Fernando y Alfonso y su grupo de mediocres juglares, y les dice mirándoles alternativamente a los ojos que pueden hacer con él lo que quieran, que no está dispuesto a dejar de hacer lo que le gusta por miedo a unas personas que no han sabido comprender el mundo en el que han vivido. Fernando, enardecido, saca la espada y en nombre de Dios le corta la cabeza. El cuerpo descabezado de Eduardo queda en pie unos segundos y luego cae.

     

    Estamos en la Edad Media y aún quedan muchos años en la historia de la humanidad para que la gente comprenda el mundo en el que vive. Mientras tanto, se seguirán cortando las cabezas de muchos Eduardos.

     

    Por lo que respecta a la historieta, al grupo de mediocres juglares y a sus temibles benefactores les siguió yendo fenomenal; al menos aparentemente, pues poco a poco fueron muriendo todos y cada uno de puro aburrimiento y vacío existencial.