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Sueños de mandarina"Usted también puede vencer la inercia... la tendencia de un cuerpo en descanso a permanecer en descanso." |
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Añadido de nuevo un reproductor musical gracias a Jamendo. Si no lo conocéis, buscad la página: música libre para los que nos gusta la música y un gran sitio para darte a conocer si haces música y pasas de discográficas sangrantes.
En reproducción: EAMARTHEE de Piter.
October 09 Nuevo Hogar S. XXIAprenderos el nombre igual que un niño aprende que de un bote en el que pone "SALFUMAN" no se bebe. NUEVO HOGAR S. XXI, en C/ Miguel Servet 96 Para más info, buscar aquí Nuevo Hogar Nuevo Hogar S.XXI Nuevo Hogar Siglo XXI Miguel Servet 96 Zaragoza Chapuzas April 08 Premio DARDOSEl premio denominado DARDOS, consiste en el reconocimiento de los valores de cada blogger por transmitir cada día valores culturales, éticos, literarios, personales , etc. Es decir se valora la creatividad de los autores.La aceptación de dicho premio lleva implícitas algunas reglas: aceptar la notificación del reglamento y el logo del premio, hacer un enlace hacia el sitio que me entregó dicho premio, premiar a 10 sitios que, según mi criterio, merezcan dicho premio. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Así que, lo primero y antes de nada, sería decir que desconocía por completo la existencia de este premio. Lo segundo, dar las gracias a Ekadanta por otorgármelo, no ya por el premio, que está muy bien, sino por el hecho de hacerme constatar que hay alguien en el mundo que lee esto y recibe la difusa información que, un poco a tontas y a locas, emito desde aquí. Lo tercero me hará quedar como un auténtico capullo, pero es la realidad: no puedo otorgar el premio a otros diez bloggers por el simple hecho de que no leo apenas ningún blog ya, así que ponerme ahora a ojear blogs sólo para encontrar diez a los que otorgar el premio resultaría algo falso por mi parte y carente de toda la gracia que pueda tener el otorgar este premio que, por otra parte debo decirlo, me parece una idea cojonuda. Lo que sí puedo hacer es poner el enlace del blog de Ekadanta, que es quien me ha lanzado su dardo. Aunque lo podéis encontrar en mi lista de blogs favoritos desde hace ya mucho tiempo, lo pondré aquí tal como dictan las normas del premio: http://ekadantaom.spaces.live.com/ Dicho esto, no sé qué más comentar. Eso, que me ha sorprendido gratamente la propuesta, y que siento no poder seguir el juego y lanzar mis dardos, al menos no en este momento. Por lo demás, muchas gracias a Ekadanta y al resto de la gente que pueda leer este pequeño espacio. Pero, contrariamente a lo que suele decirse en estos casos, no puedo decir, aunque quedaría muy bien, que hago esto por vosotros. Lo hago por lo que se hacen cosas como esta y similares siempre: por aburrimiento. Partiendo de esa base, siempre es genial saber que hay gente que lo lee y a la que incluso le aporta algo. Un saludo, y que todo vaya bien! :) ---------------------------- Firma imaginaria: eL_sOmBrerErO_lºkº March 24 Monólogos del Banco de La Plaza (I)Si usted quiere le contaré algo que me ha sucedido esta mañana. Bueno, tampoco espere demasiado, es sólo una anécdota que a mí personalmente me ha resultado curiosa, pero ya que yo no tengo nada mejor que hacer, y usted, por lo que puedo ver, tampoco, pues podemos invertir unos minutos en ello. Además, lo está deseando, lo veo en su mirada.
Pues verá, resulta que
me he acercado al supermercado a comprar leche y piedras, esto es
algo que hago unas dos veces por semana. Lo de la leche es por mi
madre, bebe mucha. Realmente, mucha. Bebe tanta que apenas prueba el
agua como tal, prácticamente el 95% del agua diaria que ingiere
viene de la leche. Si por mi fuera, bastaría con un paquete de seis
litros cada dos semanas más o menos, pero con la adicción de esta
mujer hay que hacerlo así. ¿Qué me dice? Ah, sí, vivo con mi
madre. Veinticuatro años, ¿por?... Ah, pero eran otros tiempos. Las
cosas cambian, ¿sabe? Usted salió de su casa cuando ya se había
casado con su marido. No le dio tiempo a sentirse sola. Bueno, digo
en un sentido literal, pero por su expresión veo que no quiere
hablar del tema; como le decía, he ido al supermercado a comprar
leche y piedras. Lo de la leche, como ya le he dicho, es por mi
madre, que bebe sin conocimiento. Lo de las piedras es por los gatos.
Ya sabe, piedras para que hagan sus cosas. Arena, si lo prefiere.
Tenemos tres. Tres gatos, digo. No puede imaginar la cantidad de
mierda que puede salir de tres animalitos tan relativamente pequeños.
Digo relativamente porque dos de ellos son bastante grandes para ser
gatos. Creo que es por la vida sedentaria. A mí me gustan mucho los
gatos, pero no termino de estar muy de acuerdo con la idea de
tenerlos encerrados en un piso durante toda su vida, que por otra
parte, es bastante larga. ¿Sabe cuánto puede llegar a vivir un
gato? No, no lo sabe. La media suele rondar de diez a quince años,
lo que a usted no le parecerá demasiado. La historia es que esa
media incluye los gatos que viven en las calles, que suelen morir por
causas ajenas como atropellamientos o caídas. Un gato bien cuidado,
protegido de peligros ajenos, puede llegar a vivir veinte,
veinticinco, o incluso treinta años. ¿Qué le parece? ¡Treinta
años! Toda mi vida, todo lo que yo recuerdo como parte de mi
existencia, todo lo que conozco y sé, lo he aprendido en
veinticuatro años. Un gato que nació el mismo día que yo puede
estar todavía vivo y tener aún la esperanza de vivir seis años
más. ¿No le parece fantástico? A mí me lo parece. Claro que usted
es mucho más mayor que yo. No se ofenda, no lo he dicho con mala
intención, simplemente es una realidad. Decía, que quizá a usted
no le parezca tan impresionante como a mí, que todavía no he
llegado a los treinta años, pero comprenda que para mí es algo
formidable. En cualquier caso, esto venía a cuento de eso, que no
estoy de acuerdo con enjaular a un animal de instinto tan salvaje
dentro de un espacio tan reducido como es un piso moderno. Bueno,
moderno relativamente, la casa en la que vivo ya tendrá sus treinta
añitos; fíjese, más o menos la esperanza de vida de un gato con
buena salud. Pero esto de los principios es como todo, son válidos
hasta que los rompes, así que mi convicción de que los animales
deberían ser libres deja de ser tan romántica cuando se traslada de
las palabras a la realidad, donde resulta que a falta de tener un
gato encerrado en un piso, tengo tres, y un perro. Del perro, bueno,
de la perra, le hablaré en otro momento, porque ahora no tiene nada
que ver con lo que pretendía contarle en un principio. Lo que he
comprado ha sido leche para mi madre, y piedras, o arena si lo
prefiere, para los gatos. Y la verdad es que todo ha ido como cabría
esperar. ¿Conoce usted las nuevas cajeras automáticas de los
supermercados? Sí, son unas máquinas que sirven para que usted
misma pase sus artículos por el lector de código de barras, ya sabe, la pequeña
franja con una rayita roja que parece de la guerra de las galaxias,
para que me entienda. De esta manera se prescinde de cajeras humanas,
y, si se tiene el truco controlado, se agiliza el proceso y todo va
más rápido, con el añadido de que no hace falta tratar con nadie
ni abrir la boca para dar los buenos días, simplemente pasa uno sus
artículos, selecciona el método de pago, inserta el dinero físico
o la tarjeta del banco, coge su compra y se larga. ¿Suena a película
de ciencia ficción, eh? Bueno, para mi generación y las posteriores
no es tan extraño. Al fin y al cabo quien más quien menos ya
nacimos todos con un ordenador de uno u otro tipo bajo el brazo. Y
ahora escuche, porque aquí es donde pretendía llegar después de
dar todo este rodeo. Como le decía, me he dirigido a una de estas
cajeras automáticas. Suelo hacerlo porque en las de toda la vida
siempre hay cola. Con esto tengo un pequeño dilema moral. A mí me
va mucho mejor pagando a través de estos aparatos porque el proceso
es realmente rápido: llego, paso los artículos por la lucecita roja
para que me entienda, pago y me voy; y como además a la gente de más
edad les resulta complicado este sistema y en los supermercados por
las mañanas lo que más hay es gente mayor, pues me va el doble de
bien porque siempre hay alguna máquina vacía y no hay que esperar.
El dilema viene porque digo yo que si todos comenzamos a usar estas
máquinas, poco a poco dejaremos de necesitar personas para que nos
cobren y toda esa gente se quedará sin trabajo. Yo, para qué
mentirle, no tengo ganas de echar de su trabajo a nadie, pero menos
ganas tengo de aguantar una fila de inmensos carros de la compra para
pagar un paquete de piedras y seis cajitas de leche. El caso es que
he llegado, me he plantado delante de la máquina, he escaneado los
artículos... ¿dice? Ah, escanear, me refiero a pasar la compra por
la lucecica roja, ya sabe, decía: he pasado la compra por la luz
roja, y he metido el billete para pagar. En ese momento hay que
esperar unos segundos. Es porque la máquina tiene que analizar el
billete, calcular el cambio y devolverlo. Esto en realidad quizá no
dure ni siquiera segundos, es muy rápido, pero el caso es que en ese
pequeño intervalo de tiempo me ha dado tiempo a mirar a mi
izquierda, donde había una señora intentando realizar el mismo
proceso en la máquina de al lado. Ya sabe cómo son estas cosas y
posiblemente es algo que le pasaría a usted, las personas mayores
tienen serios problemas con los aparatos electrónicos, lo cual es
bastante lógico pues como decía antes, la gente de mi generación
hemos crecido a la vez que este tipo de aparatos, toqueteándolos y
familiarizándonos con ellos prácticamente desde que se dieron a
conocer. Entiendo que a ustedes, a las personas mayores, les resulte
un mundo extraño y confuso. El caso es que ahí estaba yo,
dirigiendo mi mirada hacia aquella mujer extrañada que intentaba
comunicarse con su máquina, cuando la mía ha empezado a soltar las
monedas del cambio indicando que el proceso ya estaba terminado y que
podía recoger mi dinero, mi compra, y largarme. Como le decía, esto
quizá no haya durado ni dos segundos, pero me ha dado tiempo a
sentir algo que de ninguna manera esperaba. ¿Sabe lo que he sentido
durante ese segundo y medio aproximadamente? No, claro que no, si no
se lo he contado. Se lo diré, superioridad. Superioridad, señora.
Cuando me he puesto al lado de esa mujer ella estaba intentando
pagar. Yo he escaneado (ya sabe, la luz roja) los artículos, he
seleccionado el método de pago, he metido el billete y he esperado
el cambio, y para cuando ya recogía la compra para irme esa pobre
señora estaba todavía intentando comprender qué demonios le decía
la máquina. ¿No es fantástico? Me refiero a los conflictos
generacionales, no a ese momento en el que me he sentido superior.
Pensándolo mejor no lo llamaría superioridad, ha sido como una
convicción de que los jóvenes sabemos ahora cosas que las
generaciones anteriores no están capacitadas para comprender. Como
un vislumbre de algo mucho más complejo; un símbolo en clave de
anécdota cotidiana de todo aquello que nos divide y nos enfrenta
como seres humanos. No me mire así, tengo la sensación de que se me
ha quedado usted atrás. Creo que está pensando que soy un pobre
diablo desde el momento en que he dicho la palabra “superioridad”;
me gustaría que tratase de entenderme y no confundir mis palabras.
¿No le parece que es este, al fin y al cabo, el gran problema en el
lento avance de nuestra historia? Los conflictos generacionales, los
problemas de que coexistan generaciones de personas que viven en
mundos completamente diferentes. Es como un impedimento insalvable,
algo que nos va a acompañar siempre. Unos crean y otros usan lo que
se ha creado, pero lo usan en base a otros valores nuevos que no eran
los previstos por los primeros: conflicto. Sin embargo, sale adelante
a medias, entonces los unos mueren, y los otros crean, y nacen otros
“unos” que usan lo que han creado los otros para otras cosas
diferentes: conflicto. Y así, eternamente. Dicho así, parece
bonito, casi romántico. Parece la propia vida fluyendo, algo innato
y completamente natural, ¡y demonios, posiblemente lo sea! Sí,
tiene un algo que lo hace grandioso, me refiero a esto de
entorpecernos el paso mutuamente y no dejarnos avanzar. Es un proceso
casi épico cuando se narra en las clases de Historia. Y señora, no
digo yo lo contrario: me parece una historia bellísima y cargada de
significado, y quizá sea hasta necesario, de alguna manera, que sea
así. Pero quitándole la capa poética, pensando en todas las
atrocidades que cometemos cada día sin darnos cuenta contra nosotros
mismos, escribiendo esta historia con letras tan sangrientas que
traspasan el papel y dejan inservibles las tres siguientes páginas
del libro; con todo esto sobre la mesa, ¿no le parece, en verdad,
una tremenda putada?
November 22 Juanita DientesverdesMe gusta pensar que, cuando fuimos pequeños, todos tuvimos un lugar que considerábamos sagrado y maldito. Un lugar en el que se te permitía estar, respirando el aire tenebroso que cura los corazones, pero en el que había que respetar ciertas normas no escritas si uno no quería verse atrapado en una espiral de terror sin fin. Estos lugares tenían la virtud de relajar el alma, de bloquear el pensamiento. En ellos estaba presente la magia de las viejas historias, una magia que abarcaba todo, sin distinción: lo puro y lo terrible, lo divino y lo maldito, el bien y el mal. Uno sabía instintivamente cómo tenía que comportarse allí. Te estaba permitido pisar las hojas secas, apartar los arbustos que entorpecían el paso y usar los troncos caídos para cruzar los riachuelos, pero era muy importante sentir en todo momento un profundo respeto por todo aquello que te rodeaba. Estos lugares sanaban el corazón porque en ellos no se permitía el uso de la mente. Tu espíritu de niño, todavía limpio, intuía muy bien los peligros de la magia; y sabía tener presente en todo momento el respeto que merecían esos lugares. No se te permitía pensar acerca de ellos, sólo te estaba permitido disfrutar la maldición; sin hacer ofensa ni juicio.
Mi tía a veces me sorprendía trayendo algún libro en nuestros viajes a Monteagudo. Normalmente eran libros para jóvenes, de esos de "Elige tu propia aventura" o similares, de los que ya he hablado alguna vez. Sin embargo, una vez trajo un libro que marcó mis vivencias allí para siempre. Un libro que atrapó mi interés desde el primer momento, al que traté siempre con exquisita suavidad y con el profundo respeto que un alma siente siempre hacia lo misterioso. Este libro era de formato grande, excelentemente encuadernado, de hojas robustas pero suaves, y en su portada traía dibujada con trazos quebradizos la figura de un ánima infantil desnuda; de cabello largo y despeinado, acurrucada sobre los pétalos de una flor, en actitud inocente y sentida. Se titulaba, dibujadas las letras mayúsculas de una forma caprichosa y mágica, "HADAS". El libro, como es fácil de suponer, trataba acerca de estos seres extraños: de los lugares que habitaban, de sus orígenes, sus costumbres y sus manías. Sin embargo, a mí me sorprendió el tratamiento que se les daba. No hablaba de ellas como creaciones de la fantasía humana, como había leído tantas otras veces, ni se limitaba a mostrar las típicas ilustraciones de jóvenes estilizadas con alas a la espalda que más parecían chicas de pasarela que seres con algún tipo de encanto mágico. No, este libro abarcaba un mundo muy diferente al estereotipo. En su lugar hablaba, con un cierto respeto que sugería la imagen del autor del texto en su escritorio dudando de si incluir alguna información u obviarla ante el temor de que las hadas pudieran tomar represalias, de todo lo temible y aterrador de sus costumbres. Se contaban historias de campesinos encontrados durmiendo en el campo, sin poder recordar qué les había ocurrido. También de ancianos que despertaban envueltos en raíces como si hubieran permanecido durmiendo allí durante décadas, a los que luego, buscando a sus contemporáneos, había sorprendido el saber que habían pasado siglos desde que quedaron dormidos; sin poder ellos recordar nada. Hablaba de la música de las hadas, que tenía el poder de hechizar a un hombre y hacerlo morir bailando, ajeno al mundo exterior. También de las fiestas de las hadas, a las que si por casualidad un hombre acudía y probaba un bocado, por pequeño que fuera, moría envenenado. De todo esto se hablaba en el libro con una naturalidad y una firmeza que asustaban, pues no parecía estar contando cuentos ni historias inventadas; sino que por el contrario tenía uno la sensación de estar leyendo experiencias vividas por alguien, nítidas y terribles en su cabeza, extrañamente reales, más reales que los libros de Historia.
La forma de estos seres tampoco era la acostumbrada. Pequeños cuerpos esqueléticos de rasgos punzantes, rostros burlones achatados o, por el contrario, terriblemente alargados y de expresión fantasmagórica; todos estos seres provocaban al instante desconfianza, cuando no directamente terror. Si bien de vez en cuando se podía observar una mujer de evocadora belleza, nunca éstas tenían en el fondo una expresión inocente o amigable. Todas escondían, bajo su sensualidad y sus miradas hipnóticas, un secreto interés en acercarse a tí y atarte para siempre, en algún lugar de su extraño mundo. Otras formas de la naturaleza poblaban el mundo de las hadas. Los Leprechauns y su oro, que a mi eran de las pocas criaturas que me daban alguna confianza; o el Pixy, que tomando forma de arbusto se dejaba pisar y entonces tu orientación quedaba anulada, obligándote a caminar en círculos sin llegar nunca a tu destino. Pero el personaje que más influyó en mi infancia y que me atormentó durante años fue uno al que sólo se le dedicaba media página. Esta era una criatura fantasmagórica, de aspecto parecido al Gollum de la película, pero con una expresión lastimera terrible. Verde y esquelética, con pocos pelos en la cabeza, pero largos y enfermos. Habitaba en los ríos, y se decía de ella que atrapaba a los niños que caminaban junto a la orilla, agarrándoles con firmeza el tobillo, y los arrastraba hacia las profundidades para siempre. Ninguna explicación más se daba, y yo me quedé la primera vez que lo leí observando el dibujo aterrador de la criatura, a la que se daba el nombre de Juanita Dientesverdes.
Creo que nunca mis paseos por el campo volvieron a ser los mismos. Yo observaba cada elemento de la naturaleza como un ente mágico y peligroso. Me acordaba de los Pixies, al caminar entre helechos. También del Espíritu del Abedul, del que se dice que si te toca con una de sus ramas en la cabeza produce locura, pero si acierta en el corazón mueres instantáneamente. Muchas cosas en la naturaleza había de las que no se mencionaba encantamiento alguno en el libro, pero yo tenía imaginación suficiente para ver en todas ellas algo misterioso y prohibido, algo que había que respetar y temer. Pero, sin duda, lo que más miedo me hacía sentir en mis paseos era saber de la existencia de Juanita Dientesverdes. En ese lugar alejado de todo al que mi tía y yo íbamos sólo muy de vez en cuando, oculto en mitad del bosque; inundado siempre de hojas y ramas, en el que sólo se oía el transcurrir del riachuelo y el respirar de los árboles, siempre oscuro y terrible. Allí, aunque nunca la vi realmente con mis ojos, sentí muchas veces la presencia de Juanita, observándome con su medio rostro salido del agua, esperando mi acercamiento a la orilla para apresarme y sumergirme en la profundidad.
Y aunque nunca sucedió así, yo recuerdo esos momentos como algo muy especial en mi vida. Pues al final importa poco si son hechos verídicos o simplemente historias para asustar a los niños. Importa que, durante unos instantes, el alma de un humano pueda sentir, con convicción y sin ningún tipo de duda, que las hadas existen. Aunque sólo sea en tu imaginación mientras estás, literalmente, temblando de miedo. November 17 La Culpa del Amor
“La justicia de Dios, por la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Porque no hay ninguna distinción: Todos han pecado, y todos están privados de la gloria de Dios,”
Romanos, 3, 22-23
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Marti bebía café en ese lugar alejado del tiempo y el espacio. Real, fantástico, qué importaba. Era un lugar calmado. Era un lugar alejado de la guerra. Allí lo mismo se podía beber que vomitar, lo mismo danzar y sonreir que esposarse las manos al tirador de cerveza. La madera barnizada de las mesas ni preguntaba ni hacía juicio alguno. Uno allí podía sufrir -o disfrutar- sus pecados sin sentirse observado por sus buenos y castos hermanos.
Marti bebía café por no beberse su amor. Le quedaba ya tan poco... no podía malgastarlo. Y nunca como entonces, nunca como en ese momento en que el café caliente descendía por su garganta, recordándole que aún estaba vivo y que nada había hecho todavía para evitarlo, había necesitado tanto un pequeño sorbo de su amor. Apenas un poquito y hubiera bastado, sólo mojar los labios... y entonces Marti hubiera llegado a casa y abierto la colcha de su cama, dejándose mecer dentro por el sueño reconfortante de las noches confusas con final feliz.
Pero Marti escupió la delicada gota de amor que pretendía curar su corazón y luego le dio el último trago al café, antes de dejar la tacita en su plato y las ganas de vivir en el cenicero. Entonces se levantó, obvió el tabaco y el mechero, se levantó el cuello de la gabardina y se marchó de aquel lugar con las manos arañando suplicantes el interior de sus bolsillos. Largo rato recorrió las calles blancas, vacías. Un borracho se rió sin mala intención de su porte desgarbado y enclenque, como si hubiera pasado ya por esos momentos en los que uno no tiene el coraje necesario para enfrentarse al viento de la vida, ese que hace a uno encorvarse y poner cara de estreñido mientras avanza sin tener claro hacia dónde, y hubiera sabido reirse de ellos con toda su alma. Una anciana le sonrió piadosa, como si no le fueran ajenos todos estos tejemanejes de la desdicha. Una pareja le dedicó una mirada de compasión. Pero Marti observaba sólo sus pasos. Sólo sus zapatos negros, dejando huellas grises en la nieve blanca. Sólo su sucia estela, aburrida de estar a su lado, se iba trazando a su paso. Hasta que llegó a Puerto Redentor.
Construido sobre el océano blanco del alma, con los ladrillos de la culpa, formando la gigantesca estructura que había de ser el purgatorio de Marti. Allí donde llegan los que se pierden, los que no han tenido valor para recorrer el camino pero aún conservan lo que ellos consideran una supuesta nobleza: el propósito firme, aunque inútil, de dejarse juzgar y cumplir condena. Con la mezcla de café y bilis quemándole la garganta, cerró la puerta tras de sí y se dio la vuelta esperando valientemente la sentencia. Y entre el silencio sepulcral de aquel lugar religioso, bajo la piadosa mirada de los Santos y señalado su corazón por el dolor de las heridas de Cristo, contemplando la imagen de la pulcra manzana que a todo ser humano hace culpable de su propia existencia, sólo escuchó el sonido de su propia voz.
"Traidor..."
A Marti le habían llamado muchas cosas a lo largo de su vida. Le habían llamado irresponsable, por ejemplo. Le habían llamado también miedica, y cobarde más adelante, tantas veces que incluso se lo había creído. Le habían llamado mezquino, interesado, le habían dicho sinvergüenza las ancianas y quienes le conocían más de cerca le habían acusado de egoista. E incluso le habían dicho alguna vez que era absolutamente incapaz de sentir amor y que su existencia estaba abocada a hacer daño, tanto a sí mismo como a los que sintieran cualquier tipo de afecto hacia él. Pero nunca, jamás en la vida que le había tocado en suerte a Marti había usado nadie la palabra "traidor". Ahora alguien utilizaba su propia voz para comunicárselo sin ningún tipo de escrúpulo. Y él notó inmediatamente cómo su estómago intentaba escapar de su cuerpo, enviando como distracción una ola de frío cortante que recorriera su espalda, mientras el eco de las rodillas de Marti impactando contra el suelo sagrado sonaba a grilletes eternos.
Llorando de rabia, apretando los dientes como un lobo raquítico que protege su alimento, se levantó y comenzó a correr completamente fuera de sí hacia la efigie lastimosa de Cristo. Se abalanzó sobre ella, la golpeó y le gruñó con todo el odio del que fue capaz. Sus ojos habían perdido el matiz humano adquirido con la evolución, ninguna palabra acudía a su mente. Como un animal salvaje arañaba, golpeaba y se dejaba los dientes en la madera pintada. Desgarrando el sufrido rostro del redentor le atravesó las encías una astilla de dos centímetros. Marti gimió levemente sin dejar de golpear y arañar a su víctima. Clavó sus uñas en el ojo cerrado del mártir de madera e intentó con todas sus fuerzas desgarrarle la mejilla, pero sólo consiguió el insufrible dolor de perderlas. Marti gritó, lloró de dolor, pero también, y sobre todo, de rabia y de odio. Luego sujetó su mano herida y se la puso juntó al pecho, mientras levantaba la cabeza y con su boca sangrante le proyectaba a Dios el aullido más terrible que haya dado nunca un ser humano. El aullido en el que una sola persona expresa por su cuenta y riesgo el odio que toda la humanidad ha recogido en su historia, la más instintiva repulsa hacia toda la culpa con la que el ser humano carga por el inocente y no elegido acto de nacer.
Después de ese grito terrible, Marti volvió a ser humano. Agachó la cabeza y miró el rostro de Cristo, que mantenía irreductible esa eterna expresión lastimera y piadosa ahora desfigurada por las garras y colmillos de Marti. Se encogió sobre sí mismo, entre sollozos de culpa, formando un caparazón con su espalda. Sintió el sabor de su sangre y el ardiente escozor de las astillas clavadas en las encías, pero no sintió dolor. Sintió el fuego vivo de sus falanges sin uñas, las cutículas sangrantes al rojo, pero no dolor. A través de sus ojos entrecerrados y repletos de pecado, volvió a mirar una vez más al Salvador, tendido sobre el suelo sagrado, esperando en su interminable piedad la redención de Marti. El traidor no se hizo esperar. Llorando, sangrando por la boca, por las manos y por el alma, calculó la distancia justa. Se hizo un poco hacia atrás, se apretó la mano herida fuertemente contra el pecho, cerró los ojos y se dejó caer de costado. El clavo del pie de Cristo no se movió un ápice, y la sien de Marti impactó contra él exactamente como había esperado, más o menos a la altura de las cejas, donde duelen las migrañas.
Unas horas antes Marti había estado bebiendo café por no beberse su amor. Le quedaba ya tan poco que pensó que no podía malgastarlo. Y, sin embargo, nunca como entonces, nunca como en ese momento en que el café caliente estaba descendiendo por su garganta, recordándole que aún estaba vivo y que nada había hecho todavía para remediarlo, había necesitado tanto un pequeño sorbo de su amor. Apenas un poquito y hubiera bastado, sólo mojar los labios... y entonces Marti hubiera llegado a casa y abierto la colcha de su cama, dejándose mecer dentro por el sueño reconfortante de las noches confusas con final feliz. Pero en vez de eso Marti decidió escupir su amor y terminar el café. Y lo encontraron a la mañana siguiente tendido a los pies de Cristo, compartiendo a través de sus clavos toda la elegante culpa de nuestros pretendidos errores. Esos que cometemos simplemente por estar aquí, esos que nos hacen culpables sencillamente por haber tenido un padre y una madre que, durante unos instantes, se amaron. |
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